
Hace unos meses, cuando nos despedíamos de nuestros amigos para venirnos a España, uno de ellos me escribió en una tarjeta: “acampá con los indignados”. Era una invitación a considerar y es lo que he hecho: considerarlo. Antes de apoyar una causa, hay que pensárselo. Cuando Unamuno respaldó la sublevación franquista, no imaginó que, a la postre, desde aquella jauría le espetarían: “Muera la inteligencia”. Cuando en 2008, en apoyo a Zapatero, Sabina cantó “defender la alegría de los graves diagnósticos” (desacreditando las advertencias de las sombras que se cernían sobre la economía española), no imaginó que menos de dos años después cantaría: “crisis… desesperación, este año los reyes magos dejan carbón”.
Si esos genios de las letras hispánicas pudieron meter las de andar, cuánto más el común de los mortales. Mucha razón tenía Ortega y Gasset cuando dijo: "El que quiera contemplar un torrente, lo primero que debe hacer es no ser arrastrado por él". Lo escribió en un momento en que las masas en Europa asaltaban el espacio público indignadas por la pobreza y especulación financiera (de las que acusaban, como hoy empiezan a hacerlo, a los judíos). Como suele suceder, no tardó en aparecer quien asumiera el liderazgo de esas masas y les señalara un chivo expiatorio sobre el cual derramar su ira… en las cámaras de gas.
En este mundo de rumores en redes sociales y videos virales, conviene redoblar la cautela. Sí, sobran indiferentes ensimismados en sus asuntos, pero también abundan activistas entusiastas, como abejones de mayo chocando contra todo, ansiosos de saber cuál es la nueva causa con la que hay que comprometerse o la próxima cabeza que hay que hacer rodar. Ni cabe paralizarse ante las encrucijadas históricas, ni la reflexión garantiza que no se cometerán errores, pero es prudente sopesar argumentos, ponderar datos y contrastar fuentes de información, antes de alzar una pancarta. Lo he hecho y esto es lo que, hasta ahora, he visto.
El movimiento tiene serias debilidades en lo moral, político e intelectual. La primera tiene que ver con las motivaciones de la indignación. Los indignados no se indignaron, por ejemplo, cuando hace pocos años se supo que barcos españoles faenaban en aguas somalíes y vaciaban de peces las costas de un pueblo que muere de hambre. No protestan contra el capitalismo, merced al cual (con un Estado de bienestar de primer mundo) la mayor parte de su vida han gozado de propiedad privada, bienes suntuarios y materias primas a bajo costo del tercer mundo (muchas procesadas con mano de obra infantil y esclava). Protestan, solamente, contra algunas medidas neoliberales que han impactado negativamente sus comodidades y nivel de consumo. Dudo si los jóvenes españoles que hoy protestan por “la situación del mundo”, lo estarían haciendo de haberse cumplido las expectativas salariales con las que cursaron sus posgrados (que hoy no les sirven ni para un trabajo de mileurista).
La debilidad política tiene que ver con su escaso sentido de la realidad y dificultades de articulación. Invocan una primavera española pero, a diferencia de Siria, la gente no da su vida en las calles; entre otras cosas porque, a diferencia de dicho país, la autoridad del Gobierno (salvo su apéndice monárquico), dimana de las urnas y no fueron marcianos, sino una mayoría de españoles, los que dieron su confianza a Rajoy. Según datos cruzados del Centro de Investigaciones Sociológicas, existe una correlación entre el voto-castigo a los socialistas (PSOE) y simpatía con el 15-M. Pudieron, en todo caso, haber votado (más) por Izquierda Unida. Pero hasta a Cayo Lara, líder de esa agrupación, lo silbaron. Gritaban: “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Pues bien, esos sueños no produjeron otro efecto que la más abrumadora victoria de la derecha en la historia de la democracia.
No sorprende. El caos puede generar protestas pero no propuestas consistentes. El propio movimiento se ha fracturado entre los que ya se dieron cuenta que sus asambleas callejeras no son capaces de adoptar decisiones y quieren formalizar procesos que les permitan, por ejemplo, formular iniciativas legislativas, y aquellos que, en cambio, no quieren que se pierda la horizontalidad y desean que las decisiones sigan tomándose por consenso. Ahora están indignados con sus propios compañeros de acampada, se dividieron los recursos de comunicación y, según sus propios líderes, una ola de insultos y caza de brujas se ha desatado entre ellos.
La debilidad intelectual tiene que ver con el contenido de sus planteamientos. Como es usual en estos grupos, a la innegable justicia de muchos de sus reclamos, la acompaña la ingenuidad de sus planteos. Tres ejemplos relativos a la ley electoral.
1- Circunscripción única y proporcionalidad absoluta: desprecia la pluralidad de identidades nacionales que conforman España y desatiende la dimensión objetiva del sufragio, que no solo es derecho subjetivo, sino también función estatal (además de favorecer la representación, debe producir gobierno, mayorías políticamente fuertes).
2- Listas electorales limpias de acusados de corrupción: echa por tierra el carísimo principio de presunción de inocencia y propicia el mecanismo perverso de descolar de la competición electoral a rivales políticos urdiendo denuncias en su contra, sin que, ante un juez, se haya demostrado su culpabilidad.
3- Candidaturas independientes: entrega la representación política a personas apoyadas por estructuras de la más diversa índole, desde corporativo transnacionales hasta mafiosas, sin siquiera los controles y prácticas de democracia interna que pesan sobre los partidos.
Por lo anterior, no estoy con el movimiento de los indignados. Pero aquí he conocido a otro tipo de indignados; no los de ahora sino los de siempre: cooperantes que se juegan el pellejo en las regiones más violentas del mundo; enfermeras que mueven cielo y tierra para que un inmigrante indocumentado pueda recibir tratamiento para el cáncer y no ser devuelto a morir a su país.
Ante el creciente número de desempleados, la sociedad ha reaccionado: para las personas en paro, panaderías vendieron el roscón de reyes más barato, taxistas dan sus servicios sin cobrar a las embarazadas y restaurantes sirvieron cenas de noche vieja gratis. Surgen gimnasios-comedores gratuitos para adolescentes, a cambio de que no dejen los estudios. En un colegio, los alumnos dedican sus recreos a arreglar computadoras para familias que no pueden comprarse una y muchas personas han abierto las puertas de sus hogares para que, en habitaciones que no están ocupando, puedan vivir vecinos a los que los bancos les quitaron sus casas. Sencillamente, el tejido social de este pueblo es fabuloso y, por eso, aunque se dejen la piel luchando, van a recuperarse. Si el 15-M ciudadanizara su indignación, podría aportar mucho en ese