
Tras la expropiación de YPF habrá un antes y un después en las relaciones bilaterales hispano argentinas. Pese a todos los pronósticos agoreros habrá que ver si es posible reconducir la situación a ciertas cotas de normalidad, como las previamente existentes, o las diferencias escalarán a niveles impensables, pudiendo incluso llegarse a la ruptura de las relaciones diplomáticas, en el peor de los escenarios posibles. La arbitraria medida del gobierno de Cristina Fernández ha quebrado la fuerte y más que centenaria conexión entre los dos países, que afecta y ha afectado a múltiples y variados aspectos de la vida cotidiana a ambos lados del Atlántico. Si bien en los últimos años la agenda bilateral no estuvo exenta de tensiones y conflictos, acompañados de recriminaciones en una doble dirección, España y Argentina, o Argentina y España, tienen vínculos muy sólidos, producto de una intensa historia común y de complejas interacciones en los ámbitos más diversos.
Todo eso se ha roto súbitamente a partir de las medidas unilaterales y discriminatorias del gobierno argentino, al impulsar de la forma en que lo hizo la expropiación de YPF, cuyo accionista mayoritario es Repsol, el principal y casi único perjudicado. Sin ir al fondo del problema, de gran importancia en función de los cuantiosos intereses en juego, en el plano de las formas se ha apostado por el rédito político a corto plazo en lugar de velar por los intereses más permanentes y de mayor calado, lo que podría haberse logrado de haber primado la negociación entre las partes. Esta negociación, bien llevada, hubiera permitido un mejor reconocimiento de los legítimos intereses que dice defender el gobierno argentino.
Lamentablemente, desde la perspectiva de la presidente Fernández, negociar hubiera supuesto proyectar una imagen de debilidad muy alejada del centro de su relato, que la ha convertido en un gran defensora de la soberanía nacional, de los recursos naturales y de los intereses populares. De ahí el discurso fundacional y el énfasis puesto en la “recuperación” de las distintas causas perdidas y olvidadas por los gobiernos anteriores, sometidos por la rapiña de poderosos intereses internacionales. De este modo hay que “recuperar” Malvinas, hay que “recuperar” los recursos naturales, hay que “recuperar” la soberanía nacional, concentrada en la soberanía territorial y mucho menos interesada en la soberanía de los ciudadanos y sus libertades.
A partir de una situación artificialmente creada hemos escuchado agravios y exabruptos cruzados entre ambos bandos, con destacados hoolligans haciendo de las suyas y echando en cara la actitud del otro y manifestando lo acertado y justo de las posiciones propias. Las pintadas y discursos xenófobos, los llamados al boicot de productos españoles o argentinos difundidos a través de las redes sociales, la incitación al rechazo y a la exclusión, en definitiva, la demonización del hasta ahora amigo o, incluso, familiar, ha acentuado el abismo entre las partes. Afortunadamente, todavía escuchamos en las dos orillas numerosas voces que llaman a la sensatez y al predominio de las ideas sobre las emociones y que luchan elevarse por encima de las irracionales consignas nacionalistas.
Sin embargo, no ha habido equidistancia en las conductas gubernamentales observadas en Buenos Aires y Madrid, más allá de la crudeza en las manifestaciones de unos y otros. En tanto argentino y español, o español y argentino, esto me duele y entristece. Mientras desde un comienzo el gobierno español, pese a la dureza de sus palabras, aludió a las tradicionales y fraternales relaciones con Argentina, el gobierno argentino no hizo lo propio, como prueban las “bromas” paquidérmicas de la presidente Fernández y del viceministro de Economía, Alex Kicillof, que iban mucho más allá del contencioso con Repsol.
La falta de cuidado por las formas y las leyes son una norma en la conducta del populismo kirchnerista, que gusta presentarse ante su público, respaldado en las encuestas, con su viz más transgresora y “antiimperialista”. De ahí el sentido profundo de algunas de sus manifestaciones, como todas aquellas relacionadas con las islas Malvinas. No se trata de ver sólo cómo impactará la expropiación de Repsol, calificada por el Financial Times como un “acto de piratería”, sobre las empresas españolas en Argentina, o sobre los intereses argentinos en España, bastante inferiores pero no por ello menos importantes, sino también, y muy especialmente, sobre la vida cotidiana de los numerosos argentinos residentes en España y de los españoles en Argentina.
Los movimientos migratorios en ambas direcciones, y la búsqueda de refugio político por los nacionales de los dos países en momentos claves o delicados, han sido una constante a través del tiempo. La Guerra Civil española o la dictadura militar argentina en la década de los setenta fueron momentos claves en esta historia inacabada, que ha conocido continuos desplazamientos de personas, que nunca fueron un lecho de rosas para la mayor parte de los afectados en ninguna de las direcciones consideradas. Esta historia de éxitos y fracasos, de ganadores y perdedores, fue escrita por la suma de millones de biografías mínimas, todas llenas de sacrificios y valentías. Pero la relación va mucho más allá y excede de lejos el plano estrictamente demográfico. Son muchos los afectos y los lazos tejidos en todo este tiempo, con intereses cruzados una y otra vez sobre el Atlántico, en un continuo baile de ida y vuelta. Esta situación debería ser asumida por todos los actores implicados, comenzando por los gobiernos, que deberían ser los más responsables a la hora de moderar el lenguaje y contener el mensaje.
* El autor es catedrático de Historia de América de la UNED e Investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano.