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 Opinión: Meritocracia en los estados latinoamericanos
H.C.F. Mansilla  (Bolivia) 07/07/2012

Desde la primera mitad del siglo XIX los estados latinoamericanos tienen la curiosa costumbre de imitar y adoptar las instituciones y los códigos más avanzados de los países desarrollados, pero las nuevas leyes e instituciones no modifican necesaria e inmediatamente el funcionamiento cotidiano de la burocracia estatal. Se puede afirmar, por lo tanto, que crear nuevas instituciones y normas no servirá para que el Estado respectivo se modernice ni para que la población sea mejor atendida, sino para dar empleo y salario a los miembros de los partidos gubernamentales, a sus parientes y amigos. En este sentido las rutinas efectivas del comportamiento social han cambiado poco con el paso de los siglos. Y algo similar se puede pensar en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela de los nuevos órganos de control popular a nivel provincial (regional) o municipal, o de la revitalización de presuntas formas autóctonas de ejercer una democracia directa y participativa en el ámbito andino. Todo esto no sería más que producción de papel e instauración de nuevas oficinas para tecnócratas astutos, pero de mentalidad convencional.

Otras cosas hacen falta: una ética laboral moderna, un servicio civil aceptable, más racionalidad y seriedad en las relaciones sociales. Por ejemplo: hay que reducir la tradicional cultura política del autoritarismo y modificar las usanzas burocráticas. Admito que se trata de una obra titánica ─ una gran reforma educacional y cultural ─, que tomará varias generaciones hasta que se vislumbren resultados tangibles. Se puede comenzar fortaleciendo los elementos meritocráticos en el Estado respectivo. La relativa crisis del Estado latinoamericano – con notables excepciones – no pide más democracia. Lo que necesitamos son expertos profundamente comprometidos con el bienestar general y superiores a otros en su conocimiento de los medios necesarios. Paralelamente a los factores democráticos surgidos de elecciones libres ─ que nadie quiere abolir ─, los países requieren de una élite bien formada que sepa definir políticas públicas de largo aliento, que se guíe por preceptos éticos, que posea una cultura humanista y algo de comprensión por la estética pública. O sea una clase dirigente que no reproduzca las artimañas habituales de la clase política, aunque estas destrezas tengan ahora un barniz tecnocrático moderno.

El fortalecimiento de los factores meritocráticos contribuiría a aminorar tres defectos de toda democracia: (a) el carácter manipulable de las masas votantes y su vinculación con el poder de turno, (b) la distancia entre democracia practicada y talento profesional y (c) la conformación de oligarquías burocráticas en todo sistema social complejo.

(a) Desde la Grecia clásica conocemos los excesos y las necedades a las cuales puede llegar un régimen democrático y un gobierno legalmente electo. La demagogia encarna paradójicamente el peligro de una oligarquía populista, legitimada por elecciones de amplia participación y por la seducción de los votantes mediante los medios masivos de comunicación, sobre todo la televisión. Las élites oligárquico-populistas desarrollan un notable apetito por diversiones baratas e indignas y, sobre todo, por bienes materiales. Su peligrosidad se deriva de su carácter engañoso y larvado: el gobernante que ve los mismos programas de televisión que sus gobernados o el poderoso burócrata que tiene los gustos estéticos de un obrero modesto (cosa muy usual) disimulan la inmensa concentración de poder que tienen en manos y encubren la colosal distancia que existe entre élite y masa. Donde impera la privatización de lo social (como se vio durante los regímenes totalitarios europeos del siglo XX) y donde el ejercicio del poder se transforma en el único criterio de éxito y distinción (es decir: en la evidencia de una vida bien lograda), allí emerge el totalitarismo moderno y la homogeneización de la existencia colectiva.

(b) Hay que promover los elementos meritocráticos porque las elecciones democráticas para los puestos más importantes del Estado no han dotado a estos cargos de personajes más talentosos, inteligentes, preparados, virtuosos, innovadores o simplemente más aptos que los sistemas hereditarios o el voto censitario. Y con ello se desvanece uno de los argumentos más vigorosos de la racionalidad estrictamente democrática. Todas las sociedades han conocido jerarquías sociales, grupos altamente privilegiados y desigualdades en los ingresos, la educación y el acceso al poder. Estas diferencias y prerrogativas se han dado de modo particularmente agudo en aquellos experimentos sociales que han propugnado la abolición de los privilegios como uno de los elementos centrales de su identidad y programa. Los regímenes comunistas del siglo XX inspirados en el marxismo han producido élites alejadas del pueblo llano, estratos sociales altamente diferenciables y jerarquías difíciles de escalar. Marx y los grandes pensadores socialistas creyeron erróneamente que la abolición de la "burguesía" significaría el advenimiento de una sociedad definitivamente sin clases ni jerarquías sociales. La realidad del siglo XX nos dejó otra lección: es difícilmente imaginable un estrato social más privilegiado, más cerrado y más celoso de sus prerrogativas que la clase gobernante que martirizó y expolió los atribulados estados socialistas hasta 1989/1991 (o en Cuba y Corea del Norte hasta nuestros días).

(c) En un trabajo clásico basado en materiales empíricos que apareció en 1911, Robert Michels demostró que justamente los partidos de izquierda que pretendían representar a las clases explotadas e introducir una democracia "real" y no meramente "formal", terminaban generando en su interior oligarquías altamente privilegiadas y legitimadas por el apoyo de las instancias inferiores de aquellos partidos. Toda organización político-partidaria, aun la más libertaria, denotaría una tendencia a la formación de dirigencias elitarias. La rutina de las grandes instituciones, la incompetencia de las masas, la tradición de obedecer a los de arriba, la necesidad psíquica de una conducción por personas con autoridad natural (carisma) y la especialización de roles constituyen los factores que contribuyen al surgimiento de las oligarquías partidarias y de los caudillos correspondientes. "La organización, dice Michels, es la causa del dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los que delegan". Pero estas élites dirigentes no poseen las cualidades meritocráticas en el sentido descrito por Robert A. Dahl, sino sólo destrezas organizativas y la habilidad para manipular a los ingenuos.

En el Tercer Mundo la mayoría de las naciones se declara partidaria de algún tipo de democracia. Estos regímenes, pese a las grandes diferencias entre sí, están conducidos por élites y partidos políticos, cuya competencia técnica, cualidades morales y hasta common sense han resultado ser bienes notablemente escasos. No parece que esta situación vaya a cambiar en el futuro inmediato. Pese al descontento difuso y anómico que aumenta sin cesar en América Latina, todavía no parece que esta constelación sea percibida como realmente grave por la mayoría de la población, que se empeña en elegir libremente a gobernantes de dudosa calidad. La carencia de competencia técnica, cualidades éticas y hasta common sense en los estratos dirigentes tiene su correlato en la ingenuidad, maleabilidad y falta de realismo (expectativas demasiado elevadas) entre las capas sociales medias y bajas de casi todas las sociedades. Este parece representar uno de los dilemas mayores del siglo XXI.

Los políticos profesionales son personas con un nivel cultural bastante limitado y con un horizonte de anhelos muy restringido: dinero y poder. Precisamente en el marco de la democracia de masas los políticos intentan parecerse a las estrellas de televisión y a los expertos en relaciones públicas, excluyendo todo indicio de cultura, espíritu crítico y responsabilidad social. Sus escasos conocimientos son poco fundados, circunstanciales, fácilmente reemplazables; su máxima habilidad consiste en vender en el momento adecuado ─ y a buen precio ─ esas modestas destrezas a un público ingenuo que tampoco exige gran cosa de ellos. El meollo del problema es profundo. Tiene que ver precisamente con un proceso mundial de democratización acelerada, con una fiebre consumista que no reconoce limitaciones y con una declinación de las normativas racionales, entre las que se encontraban la austeridad, el fomento de la alta cultura, la mesura en el ejercicio del poder y la planificación de largo aliento. Las clases políticas contemporáneas, hijas de grupos sociales ambiciosos con un fuerte anhelo de ascenso social, a quienes escrúpulos éticos y conocimientos estéticos les son indiferentes, no poseen las cualidades que hicieron grandes las naciones de Europa Occidental y que estaban vinculados a los valores meritocráticos y humanistas de sus clases gobernantes. Si proseguimos en América Latina con las rutinas y las convenciones de siempre, no lograremos superar el mero simulacro democrático en que están sumidos algunos regímenes de indudable raigambre popular.

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