
El domingo 8 de enero el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad comenzó una visita a cuatro países latinoamericanos (Venezuela, Nicaragua, Cuba y Ecuador), que eventualmente podría extenderse a un quinto, Guatemala, para participar en la toma de posesión de Otto Pérez Molina. Llama la atención que la mayoría de los países de la región no se hayan manifestado al respecto, más allá de la plena vigencia del retrógrado principio de “no injerencia” en América Latina .
Recientemente Jorge Castañeda se mostraba perplejo sobre las contundentes muestras de solidaridad del PT (Partido del Trabajo) mexicano con el fallecido líder norcoreano Kim Jong-Il. Su perplejidad se centraba en que el PT integra la coalición de López Obrador, con posibilidades de llegar al gobierno. De ahí su indignación ante el no pronunciamiento de los restantes partidos aliados con lo que supone la revalorización de la vía norcoreana al socialismo, que incluye la sucesión dinástica como una de sus principales señas de identidad.
Con la visita de Ahmadineyad ocurre algo similar. No se trata de negar a los gobiernos anfitriones la posibilidad de invitar a quienes quieran, sino de que ningún gobierno de la región se pronunciara en defensa de la democracia y de las libertades mancilladas por el gobierno iraní, o de la amenaza que su plan nuclear supone para la paz internacional.
Es sorprendente que América Latina, que al menos retóricamente manifiesta su voluntad de estar más presente en la gobernanza global, huya de posicionarse en asuntos polémicos. Si bien Hugo Chávez es el gran valedor de Ahmadineyad en el continente y nadie quiere enemistarse con el presidente venezolano, parece llegado el momento de que algunos países, con Brasil y México a la cabeza, comiencen a poner fin a tanto disparate.
El principio del enemigo de mi enemigo es mi amigo debería ser insuficiente para posicionarse en la escena mundial. Es tan poco lo que une a Irán con Nicaragua, por ejemplo, que para justificar la convergencia entre los dos países el gobierno sandinista debe recurrir a cuestiones cronológicas (1979 fue el año de la revolución sandinista y de la revolución islámica). Con estas conductas América Latina ni reforzará su papel internacional ni se ganará el respeto y la admiración del resto del mundo. Tampoco avanzará en la integración regional.