
Acusaciones de fraude, ventajismo, manipulación, intimidación, irregularidades, multitudes en las calles, apaleos, 500 detenidos. Al escuchar esas noticias pensé que en la radio estaban siendo comentadas las elecciones de Nicaragua. Recién al oír la palabra Kremlin me di cuenta de que se trataba de las legislativas en Rusia.
¿Qué tiene que ver Nicaragua con Rusia? Aparte de sus gobernantes autócratas, nada. O quizás algo: una democracia defectuosa, signos restaurativos de recientes pasados despóticos, escasa libertad de prensa, un sistema judicial sometido al ejecutivo. En breve: democracias híbridas. Pero ¿no imperan esos híbridos en gran parte de los países de la zona post-soviética? ¿O en los gobiernos del ALBA de América Latina? ¿Estamos frente al aparecimiento de un nuevo orden histórico-político en el cual coexisten hábitos antidemocráticos con formalidades electorales?
Sin necesidad de suscribir teorías evolucionistas es evidente que desde la revolución norteamericana y la francesa, la democracia se encuentra en expansión la que, como ha observado Huntington, ocurre en forma de “olas”. La ola norteamericana de 1776, la francesa de1789, la de 1989 en Europa del Este, la latinoamericana que ahogó a dictaduras militares en los años ochenta, la del 2011 en los países árabes; y quizás cuantas más todavía. La ola democrática no cubre, sin embargo, todas las naciones que alcanza. A algunas sólo las moja.
Rusia y Nicaragua son, para retomar el ejemplo, incomparables en todo, menos en ese sistema político de dominación propio a tantas naciones políticamente rezagadas. No obstante, a contracorriente de la visión de Lenin quien suponía que la cadena capitalista debería romperse en sus eslabones más débiles, la cadena de las democracias híbridas ha comenzado a romperse en su eslabón más fuerte, en este caso Rusia. Pues, a diferencia de las elecciones que dieron amplia mayoría a Ortega (63%), Putin, habiendo ganado las elecciones (49%) ha experimentado una derrota. Rusia Unida, su partido, sufrió un enorme descenso. Eso no significa el fin del gobierno Putin, pero sí el comienzo del fin de una autocracia. De ahora en adelante Putin no podrá aprobar leyes sin la ayuda de otros partidos, sea el Comunista (19,8%), Rusia Justa (12,8%) o el Liberal Demócrata (11,42%). Ninguno de esos partidos constituye, por cierto, una exquisitez democrática. Rusia Justa y el Partido Liberal Demócrata son ultranacionalistas. Y el Comunista, nacionalista y socialista, es decir fascista. Y sin embargo, esa jauría de antidemocrátas se verá obligada a practicar, quiera o no, un cierto juego democrático.
Cualquier gobierno, hasta el más democrático, busca el poder absoluto. La imposibilidad de alcanzarlo obliga a realizar concesiones. El nuevo gobierno de Rusia no será por cierto democrático, pero sí será –y es un avance- más político que antes. En otras palabras: la pírrica victoria de Putin ha mostrado ese talón de Aquiles que ya descubrió la oposición venezolana en el chavismo. Putin, a pesar del ventajismo del que hace uso y abuso, es derrotable.
Similar, aunque no igual, es la situación en los países árabes ¿Qué las elecciones de Egipto fueron ganadas por los musulmanes?Pero ¿imaginó usted alguna vez que las iban a ganar los ateos o los católicos? Lo importante es que las “hermandades”, a fin de competir, se vieron obligadas a transformase en un partido: Libertad y Justicia (40% de los votos) Lo mismo ocurrió con los salafistas y su partido Al Nur (20%). Eso quiere decir que la noción de partido –con todas sus connotaciones occidentales- ya ingresó en el Oriente Medio. La nación egipcia ya está políticamente “partida”. Y eso es muy nuevo.
Entiéndaseme bien: no estoy diciendo que el bi-partidismo egipcio sea la versión islámica de los republicanos y demócratas de los EE UU. Pero sería una gran torpeza no tomar en cuenta el entusiasmo con el cual más del sesenta por ciento de la población –muchísimas mujeres- acudió a las urnas. Hay, por lo tanto, momentos, en los cuales el hibridaje político -caso ruso- es una notoria insuficiencia. Hay también algunos -caso árabe- en los cuales podría ser un progreso. Y hay finalmente otros -caso del ALBA en Latinoamérica- en los cuales no es más que un evitable retroceso