
Quizás sin que ninguna de las cuatro partes del cuadrado lo hubiera concebido así, lo cierto es que ha llegado a formarse en la poco apacible región latinoamericana, un cuadrado. ¿Cuáles son los lados de ese cuadrado? Dicho de acuerdo al orden de importancia de las estrategias que se juegan al interior de esa cuadratura, esos lados son: Colombia, Venezuela, Cuba y “los demás”. Los demás, es decir, el resto de los países latinoamericanos, son -si concebimos esta historia como tragedia- una especie de coro griego; y si la concebimos –como yo mismo tiendo a concebirla: como comedia- son una simple comparsa.
Pero vamos un poco más despacio. El punto originario de esa nueva formación lo marcó el Presidente Alvaro Uribe al denunciar públicamente el día Jueves 15.07.2010, lo que no hay quien sepa: que Venezuela es un “Hinterland” logístico y militar de las FARC.
¿Qué se trae Uribe al lanzar esa denuncia que todo el mundo conoce, pero qué casi nadie nombra?
La mayoría de las opiniones ha concordado en que Uribe intenta hacer una zancadilla a J. M. Santos, convirtiendolo en heredero de un problema nunca resuelto, pero que es hoy por hoy, más agudo que nunca: las relaciones de la Colombia uribista con la Venezuela chavista. Permítanme, sin embargo, dudar de dicha tesis.
La primera duda surge del hecho de que sí bien J.M. Santos no era el candidato preferido de Uribe, representa la línea continuista no con, sino dentro del uribismo, hecho que percibió muy bien Chávez al intervenir abiertamente en las elecciones colombianas en contra de Santos. J. M. Santos, pese a todo lo que intente desmarcarse de la persona Uribe, configura, en el más extremo de los casos, una desmarcación al interior del uribismo, o si se prefiere: la versión “santista” – aunque no santa- del uribismo. ¿Y qué es el uribismo?
El uribismo es en primera línea un proyecto de guerra a muerte en contra de las FARC. El uribismo es, desde esa perspectiva, un proyecto más militar que político, con todo lo que eso implica (incluyendo para-militarismo) Sólo en una segunda línea el uribismo encierra un proyecto de modernización económica de Colombia, objetivo parcialmente alcanzado durante el mandato de Uribe. Ahora, ni en el primer ni en el segundo punto hay diferencias dramáticas entre Uribe y J. M. Santos. Y por si fuera poco, Uribe es en Colombia tanto o más popular que Santos. A nadie, a Santos tampoco, podría interesar desmarcarse de una figura tan popular como Uribe. De manera que, si se piensa de modo lógico, habrá que dejar de lado la tesis de la zancadilla de Uribe a Santos.
Por cierto, hay diferencias entre Uribe y Santos, pero son diferencias de estilo; no de fondo, y más bien tocan temas de política nacional. A Santos debe preocupar mucho, por ejemplo, que Uribe deje como legado casos de avanzada corrupción, una seria crisis en el sistema de salud pública y el caso de las “chuzadas”del DAS (interferencias telefónicas a magistrados y periodistas al lado de las cuales Watergate es un juego de niños). Y, no por último, el eterno caso del para-militarismo. También el hecho de que los ministros que está nombrando J. M. Santos no son todos amigos íntimos de Uribe, muestra que hay diferencias. Pero ¿dónde no existen esas diferencias internas? No, la tesis de la zancadilla de Uribe a Santos no cuadra; definitivamente no.
Mucho menos cuadra la tesis que agita el anti-uribismo militante, tesis relativa a que Uribe intenta a través de su ataque imprevisto a Chávez, levantar una “cortina de humo” frente al tema del descubrimiento de fosas comunes con miles de muertos, sobre todo en la localidad de La Macarena. Hay que tener en cuenta que esas macabras denuncias fueron hechas públicas en Enero de este año y ya estamos en Agosto. En el intermedio, mientras el anti-uribismo agitaba tales denuncias, hubo elecciones presidenciales en donde el uribismo en su versión santista venció de modo abrumador. En fin, las violaciones a los derechos humanos así como la presencia de un siniestro paramilitarismo que involucra a personeros uribistas parece no mermar la opinión pública colombiana, interesada en erradicar cuanto antes, y por cualquier medio, la presencia de las FARC.
Por otro lado, quienes lideran las acusaciones en contra de Uribe son -entre otras- personas como Piedad Córdoba quien, si no es la vocera civil de las FARC, representa al menos la voz de Chávez en Colombia. Y esa voz no siempre desafina frente a la de las FARC. Eso no quiere decir, por supuesto, que el tema de los muertos de La Macarena no exista. Si no en la dimensión que le otorga la Córdoba, existe, y es parte de la guerra de Uribe a las FARC que, como toda las guerras, es y será sucia (que alguien muestre, por favor, donde ha habido alguna guerra limpia) En fin, una nación tan castigada por el terrorismo como es Colombia, parece estar mayoritariamente dispuesta a aceptar cualquiera violación a los derechos humanos si el objetivo apunta a derrotar a las FARC. Con el paramilitarismo – así leo el mensaje de esa opinión pública- habrá que arreglar cuentas después. Pero primero hay que liquidar a las FARC. Y Uribe, que duda cabe, conoce ese mensaje; y de acuerdo a su texto, actúa.
Pero hay una tercera tesis que quizás cuadra algo más con la realidad colombiana. Esa tesis dice que el calculador Uribe descubrió en los últimos días de su gobierno que Chávez, tanto nacional como internacionalmente, está atravesando por un momento muy difícil y, por lo mismo, ha llegado la hora precisa de asestarle una estocada, sino mortal, por lo menos muy hiriente. Que J. M. Santos comparta o no esa tesis no tiene en el marco de este análisis la menor importancia.
La verdad es que nadie puede ponerse en la mente de los actores políticos, pero sí uno piensa que tales actores son racionales (aunque a veces lo dudo) hay que suponer que ellos siguen cálculos racionales. Y uno de esos cálculos parece decir a Uribe que, justo antes de terminar su mandato, su epígono, Chávez, está atravesando por una fase de deterioro político, deterioro que se expresa tanto nacional como internacionalmente. Y como ya hemos dicho, si Uribe persigue un objetivo militar, y si un objetivo militar es aislar al adversario, pudo haber percibido Uribe que ha llegado el momento de actuar. En otras palabras: Uribe y Santos cuentan con un poderoso “frente interno”. El frente interno de Chávez, en cambio, parece estar algo más agrietado. Chávez, a su vez, no esperaba ese, según su perspectiva, artero y bajo golpe de Uribe. Precisamente él, acostumbrado a dictar las condiciones de lucha, fue sorprendido por una movida del ajedrez político-militar de Uribe, movida que estuvo a punto de dejarlo fuera del juego.
El resto del libreto parece ajustarse a la discursiva más que fría, glacial, de Uribe, que repito, pese a ser un civil, domina la lógica de la guerra mucho mejor que su colega militar venezolano. Si Uribe es lógico, y lo es, todo lo que hizo después Chávez, lo esperaba; y tengo la impresión: lo deseaba.
Chávez no habría sido Chávez si hubiese reconocido abiertamente que las FARC operan en Colombia. Chávez, y todo el mundo lo sabe, pretende manejar a las FARC para presionar en contra del Estado colombiano, lo que, por cierto, no podría reconocer jamás frente a la comunidad internacional. Por eso Chávez – y Uribe no sería Uribe si no lo hubiera esperado- rompió de inmediato relaciones con Colombia. Que en el acto de ruptura Chávez hubiese estado acompañado no por un alto dignatario cubano, o del ALBA, sino por un simple entrenador del fútbol, no fue una muestra de fortaleza internacional ¿Cuál será el segundo paso?
Si Uribe es Uribe, antes de dar un primer paso, pensará en el segundo. El segundo paso será dejar que el problema llegue a UNASUR. Ahora, ¿qué es lo que captó probablemente Uribe? La respuesta es fácil: que la mayoría de la UNASUR si bien todavía no se pronuncia en contra de Chávez, no es ni será -como en sus momentos triunfalistas imaginó Chávez- un reducto del chavismo internacional, ni tampoco un campo de operaciones del ALBA. Los resultados ya están a la vista. Aparte de Evo Morales (y Ortega, con quien nadie quiere ni fotografiarse) nadie apoya a Chávez en su imaginaria guerra con Colombia. La forma de no apoyarlo es, desde luego, muy sutil, y por cierto, al igual que las estrategias de Uribe, maquiavélica (algún día tendré que escribir un artículo relativo a que América Latina se encuentra en la fase maquiavélica de la política)
En otras palabras: nadie apoya a Uribe en la UNASUR (tiene las manos muy manchadas de sangre). Pero, a la vez, cada vez son menos los que apoyan a Chávez, y eso, al fin y al cabo, es lo que a Uribe interesa evidenciar.
El primer gran maquiavélico fue Kirchner, ese corrupto que, a decir de Teodoro Petkoff, anda suelto en UNASUR. Kirchner, el antiguo aliado de Chávez, se ofreció, ante el disgusto de Chávez, como simple mediador. Enseguida Pepe Mujica, mediador entre su pasado y su presente, también ofreció sus servicios como mediador. Correa, el aliado más inseguro de Chávez, ya se apresta a ser otro mediador, y arreglar positivamente sus problemas no resueltos con Colombia. Y Piñera, al igual que Alan García, tan lejos de los problemas entre Venezuela y Colombia, quieren también ser sólo mediadores. Hasta Fernando Lugo, que tan cerca parecía estar de Chávez, desea ser un mediador más. Lula, por supuesto, está en su salsa: él será siempre un mediador en cualquier problema y en cualquier continente. En fin; los gobiernos latinoamericanos han descubierto, de pronto, su nueva vocación: la mediadora. ¿Y qué significa en este caso ser mediador?
En un lenguaje que quizás Chávez no entiende, mediador quiere decir: “Chávez, aquí no te seguimos”. En otras palabras: a Chávez le sobran mediadores, pero lo que él necesita son aliados, no mediadores, sobre todo cuando no hay nada que mediar.
Si mostrar el aislamiento de Chávez era un objetivo de Uribe; ya lo consiguió. Los aliados del primero, sobre todos los potenciales, han sido neutralizados, o reducidos en su rol de simples “mediadores”.
Pero Chávez es Chávez. Con ese instinto de poder que supera su inteligencia, descubrió de inmediato que Uribe, indirectamente, le está prestando un inesperado apoyo que, bajo determinadas condiciones, podría ayudarlo a reestablecer electoralmente su deteriorado “frente interno”.
Según todas las encuestas venezolanas, Chávez se encuentra en abierta caída. Más todavía: si Chávez había podido ganar muchas elecciones, ocurrió porque tuvo la habilidad de apropiarse de un discurso de demandas sociales frente a las cuales él se erigía como el gran vindicador. No obstante, la crisis energética, la crisis económica, la inflación imparable, los casos de corrupción generalizada, y sobre todo, los hallazgos de miles y miles de alimentos descompuestos, son hechos que han terminado por socavar la imagen social del chavismo. Frente a ese deterioro, Chávez ha recurrido a la última pieza de su teclado ideológico: el ultranacionalismo.
La profanación de la tumba de Bolívar fue un desesperado intento de Chávez para buscar refugio en el mito histórico, lo que tampoco pareció lograr. Y de pronto, como un maná del cielo, aparece, y de modo absolutamente inesperado, la denuncia de Uribe en la OEA. Eso significa que gracias a Uribe, Chávez ha encontrado, al fin, la posibilidad de dar forma concreta a sus fantasías, presentándose como el defensor de la patria amenazada por quienes –según su antojadiza interpretación histórica- asesinaron al Gran Libertador: la oligarquía neogranadina a la cual pertenece Uribe.
Así se explica por qué en Venezuela quienes están verdaderamente enfadados con Uribe no son los chavistas sino, paradoja de paradojas, los opositores al chavismo. Ahora, si Chávez logrará remontar en las elecciones parlamentarias de septiembre mediante su interpelación al mito histórico, está todavía por verse. Lo cierto es que la oposición ha centrado casi todos sus esfuerzos en denunciar las toneladas de alimentos podridos, descuidando otros temas de enorme importancia, hasta el punto que muchos imaginan que cualquier tema que sea diferente al tema central (podredumbre de alimentos) es visto como una “cortina de humo” o “trapo rojo”. Pero con esas “cortinas de humo” y con esos “trapos rojos” ha ganado Chávez casi todas las elecciones. En fin, hay en la oposición quienes creen que si Chávez vuelve a ganar las elecciones en septiembre, tiene que agradecérselo a Uribe. Pero también, hay que agregar, la culpa sería, además, de esa parte de la oposición que todavía no entiende que las elecciones nunca se ganan apelando a un solo tema, por muy importante que éste sea. Cada elección es un proceso multi-temático. Y eso lo sabe muy bien Chávez.
Por otra parte, se engañan quienes piensan que el principal enemigo de Uribe es Chávez. No. El principal enemigo de Uribe, más aún: la obsesión de su vida, el sentido último de su existencia, son las FARC. De ahí que no extrañe que si Chávez hace sólo un par de concesiones en la “cosa” FARC, lo vamos a ver muy pronto en TV abrazado con Santos, o con el mismo Uribe, como ya tantas veces lo vimos. La verdad, Chávez y Uribe juegan poker. Las FARC para Chávez son sólo una carta. Para Uribe, en cambio, las FARC son el juego. Para Santos, también. El juego para Chávez son las bases norteamericanas establecidas en Colombia. Para Uribe, en cambio, son sólo una carta. Para Santos, también.
El uribismo y el chavismo tienen más puntos en común de lo que a primera vista parece, y eso los llevará siempre a entenderse, aunque sea un par de centímetros antes del abismo. Por de pronto, bajo los respectivos gobiernos, el para-militarismo ha crecido más que la mala hierba. La diferencia es que bajo Uribe el para-militarismo aumentó de modo clandestino, guarecido delincuencialmente bajo la administración del propio gobierno. El para-militarismo venezolano, en cambio, tiene lugar al aire libre, y toma la forma de “milicias revolucionarias”, ejércitos paralelos, grupos de choque y bandas militarmente organizadas (La Piedrita, entre otras) ¿Qué irá a pasar en Venezuela con esa enorme cantidad de grupos armados el día en que Chávez no gobierne más? ¿Se unirán con las FARC? ¿Nacerán las FARV? Escenario horroroso del que por ahora más vale no preocuparse demasiado. Al fin y al cabo, la política tiene lugar en el día de hoy; y cada día tiene sus plagas.
En síntesis: 1. El plan de Uribe al denunciar la cooperación de Chávez con las FARC apunta a desestabilizar internacionalmente el gobierno de Chávez. 2. Chávez sigue el juego de Uribe y rompe relaciones con Colombia. 3. El escenario latinoamericano se muestra cada vez menos favorable al chavismo (UNASUR). 4. Chávez después de su campaña electoral ultra-nacionalista hará un par de concesiones mínimas a Santos. 5. Santos hará un par de concesiones mínimas a Chávez, hasta que el conflicto explote de nuevo.
Hay, sin embargo, un sexto punto. Y ese punto no figuraba ni en la agenda de Uribe ni en la de Chávez. Ese sexto punto es Cuba. ¿Por qué Cuba?
Pocas veces Cuba ha intervenido tanto en un conflicto interamericano como en el caso del conflicto chavismo- uribismo. Pero –ya adivino la pregunta- ¿cómo ha intervenido Cuba? De un modo totalmente imprevisto: a través del más sepulcral de los silencios. A través del más estridente de los silencios.
El silencio de los cubanos no es broma. Si hubo alguna vez un gobierno que se consideraba no sólo con el derecho sino con el deber de intervenir en cuanto conflicto apareciera sobre la tierra, ese gobierno era el cubano. Y que en la celebración del 26 de Julio, sin la presencia de Fidel Castro, y sin la presencia de Hugo Chávez, el veterano Machado Ventura lea un discurso radicalmente anodino, hay que tomarlo muy en serio. ¿Por qué no fue Chávez a La Habana? (Esa patraña de quedarse en Caracas para defender a Venezuela de un ataque colombiano no la cree ni el más santo de los inocentes) ¿Quién desde la Habana le habrá dicho que ni se aparezca por ahí? ¿Qué dimensiones estará tomando esa lucha sorda (y sórdida) entre el raulismo y el fidelismo? (¿o entre reformistas y talibanes?) ¿Qué habrá ofrecido USA al gobierno cubano a cambio de tanto silencio? ¿O la EU a través de España? Todo eso lo sabremos alguna vez. Mas, lo que importa destacar por ahora, es lo siguiente: Cuba no es cualquier país para Chávez. Cuba es junto con Venezuela el eje ideológico y estratégico del ALBA. Sin ese eje, no hay ALBA. Si un miembro del eje guarda silencio cuando el otro miembro del eje está enfrentando al “imperio” y a su “lacayo” colombiano, hay que pensar que pudiera suceder que Chávez esté más sólo de lo que él y Uribe piensan.