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 Opinión: La derecha chilena: de fuerza opositora a oficialista
La derecha chilena: de fuerza opositora a oficialista
Octavio Avendaño  (Chile)

“Soy de derecha porque me gusta el orden, aborrezco el estatismo y aprecio mucho más los esfuerzos individuales que las aproximaciones colectivistas para abordar los problemas de la sociedad” (Andrés Allamand, 1999). “La derecha tiene una aproximación de connotaciones aristocráticas a la función pública, a la que es extraña toda consideración burocrática o funcionaria” (Francisco Javier Cuadra, 1992).

Con el triunfo de Sebastián Piñera el pasado 17 de enero la coalición de derecha, compuesta por Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), deja la condición de opositora que tuvo durante veinte años. Para entender la magnitud de este triunfo hay que considerar, por un lado, que la derecha se transforma en mayoría con un padrón electoral que presenta varias limitaciones, en especial la baja participación e inclusión de la población más joven. En términos absolutos, en el transcurso de los últimos diez años, la derecha logró acumular poco más de 85 mil votos. De hecho, en la “segunda vuelta” efectuada en enero de 2000 el candidato de la derecha, J. Lavín, obtuvo 3.495.569 votos; más recientemente, Piñera se impuso con un total de 3.582.800. En base a esto mismo, cabe añadir que la derecha hace tiempo superó el umbral de los tres tercios, afianzando el respaldo acumulado en torno a un 45%. Esa votación es el fruto de su enorme poder de influencia, en el ámbito económico y cultural, así como del arraigo social alcanzado por una parte de la coalición de derecha.

El alto apoyo hacia la derecha no es un hecho inédito en el sistema político chileno, ni se asocia solo a fenómenos registrados desde hace poco más de una década. Cabe recordar que siete años después de la victoria del Frente Popular, en 1945, la derecha alcanzó el 45% de los sufragios. Sin embargo, dicho apoyo fue rápidamente contrarrestado por la influencia y la capacidad de acción de los partidos de centro y en menor medida de izquierda. La acción y el protagonismo de estos partidos redujeron la votación de la derecha a solo un tercio del electorado. Junto a ello, contribuyó también a su debilitamiento el aumento de la participación, así como las sucesivas reformas que se impulsaron --como la introducción de la cédula única--, destinadas a avanzar hacia el establecimiento del sufragio universal.

El entusiasmo y la ansiedad desatadas tras la “segunda vuelta” en la dirigencia de los partidos de la derecha, rápidamente deshicieron los contenidos del discurso conciliador y moderado dado a conocer en el momento de las celebraciones. Ya en ese mismo instante, entre quienes celebraron, se asumió como idea --y motivo de satisfacción-- el regreso al gobierno después de veinte años. No se hablaba de volver después de cincuenta años, como alguien podría pensar al intentar la conexión con la derecha tradicional, sino de volver después de veinte años. En los días sucesivos a la victoria electoral, se desató tal ansiedad en la dirigencia de los partidos de derecha, que se tradujo en reacciones destempladas --por parte de algunos parlamentarios--, presiones por cerrar los procesos a militares y una serie de expresiones de insolencia y violencia verbal. Todas estas reacciones parecen ser el preámbulo de una nueva etapa, marcada quizás por la tensión y el conflicto entre el nuevo gobierno y quienes logren oponerse a muchas de sus iniciativas, o bien, como ha sido la tónica en estos veinte años, por la fuerte disputa entre los dos principales partidos que representan a la derecha.

1) Acumulación y pugna por la hegemonía del sector

La UDI y RN son partidos que nacieron en los años ochenta, impulsados por colaboradores y simpatizantes del régimen militar. La UDI nace en septiembre de 1983, poco después lo hace el Movimiento de Unión Nacional (MUN), liderado por Andrés Allamand, y finalmente el Frente Nacional del Trabajo (FNT) encabezado por Sergio Onofre Jarpa. En 1987 las tres organizaciones confluyeron en la formación de un solo referente para la derecha, que adopta el nombre de Renovación Nacional (RN). Sin embargo, dicho partido experimenta la primera escisión en 1988 por la abierta incondicionalidad al general Pinochet manifestada por la dirigencia de la UDI. A partir de ese momento, RN y la UDI inician una trayectoria como partidos independientes, constituyendo por mucho tiempo alianzas electorales que tuvieron como única finalidad enfrentar a la Concertación y demás fuerzas políticas.

Gran parte de los dirigentes que permanecieron en RN venían del antiguo Partido Nacional, que había sido fundado en 1966 de la fusión de los partidos liberal y conservador. Por su parte, la dirigencia inicial de la UDI derivaba del movimiento gremial, constituido a fines de los sesenta, cuyos miembros colaboraron estrechamente en la definición de la política económica y de planificación social implementada por el régimen militar. La relación entre ambos partidos y el régimen militar fue diferenciada, lo que se explica en gran medida por la mayor participación de los dirigentes de la UDI en las distintas carteras ministeriales, subsecretarias, el Consejo de Estado, las comisiones legislativas y los cargos de alcaldes designados. De RN y la UDI fueron una serie de personeros que participaron en el diseño de la nueva institucionalidad, como integrantes de las comisiones redactoras de la Constitución de 1980 y, posteriormente, encargadas de elaborar la legislación electoral. En el marco de esas discusiones, figuras como Carlos Cáceres y Pedro Ibáñez, ambos pertenecientes a RN, llegaron a promover el establecimiento del voto censitario.

RN y la UDI asumieron el rol de partidos opositores a los cuatro gobiernos de la Concertación que se sucedieron desde 1990. En esa condición se esmeraron, en especial desde mediados de los noventa, por aumentar su apoyo electoral, y lograr ganar la adhesión de aquellos segmentos del electorado no necesariamente identificados con la derecha, o con la derecha más tradicional. La situación de crisis económica, que se inicia en 1998 y que se extiende hasta el 2002, se tradujo en aumento del descontento hacia la conducción de los gobiernos de la Concertación, que fue canalizado por la derecha, en especial por la UDI --que aumentó de manera significativa su votación, el número de municipios y su participación en ambas cámaras. A parte de asumir funciones de fiscalización, intensificadas desde el gobierno de Eduardo Frei (1994-2000), los parlamentarios de RN y de la UDI realizaron durante toda la década de los noventa una férrea defensa de la institucionalidad diseñada por el régimen militar. En varias ocasiones, reaccionaron en contra de los procesos a uniformados, y solidarizaron con ellos cuando lograron llevarse a efecto. En el plano legislativo, la menor representación de los partidos de la derecha, en comparación a la Concertación, se vio compensada por la presencia de senadores designados, entre los que se incluyeron los ex comandantes en jefes, y una serie de ex personeros del régimen militar. Aún así, y como se evidenció en la primera mitad de la última década, desde el gobierno se lograron aprobar una serie de iniciativas aprovechando las divisiones y conflictos que surgieron entre los dos partidos de la derecha.

Durante más de una década, la relación entre RN y la UDI estuvo marcada por una serie de tensiones, así como situaciones de encuentro y de desencuentro. En ese período, no lograron constituir una alianza que funcionara de manera coordinada y permanente, ni con capacidad de asumir acciones mancomunadas. Por el contrario, los dos partidos, y en ocasiones incorporando a otros menores, como la UCC y el Partido del Sur, tendieron a funcionar como un pacto que se disolvía tras la finalización de cada evento electoral, y se recomponía a la hora de enfrentar desafíos de esa índole. La mayoría de las tensiones entre RN y la UDI se produjeron por el intento de una facción minoritaria de RN de materializar acuerdos de reforma constitucional con la Concertación. Tales acuerdos, como ocurrió entre los años 1995 y 1996, terminaron siendo rechazados por los senadores “mas duros” de RN, que buscaban --al igual que la UDI-- salvaguardar el legado del régimen militar.

Hasta el 2001, RN fue el partido con más votación dentro del bloque de derecha. A nivel de diputados, en 1989 el respaldo electoral de este partido era de un 18.3% y el de la UDI, en cambio, de 9.8%. El año 2001, la UDI alcanza el 25.18%, convirtiéndose en el partido más votado, mientras RN, que venía descendiendo de manera sistemática, obtuvo el 13,77%. En las recientes elecciones, de diciembre de 2009, la UDI tendió a mantener ese respaldo, al obtener el 23.04% de la votación en diputados. RN logró un sorpresivo repunte que lo acercó a su votación inicial, al obtener el 17.82% de las preferencias. A principios de los noventa, por parte de RN se definió como estrategia disputar el centro político a la Concertación, y en especial al Partido Demócrata Cristiano (PDC). En esa misma época, la UDI era un partido minoritario que, no obstante, poseía una gran capacidad de veto --al interior del parlamento-- facilitado por el sistema binominal y la presencia de los senadores designados. Desde fines de los noventa, la UDI demostró más efectividad en disputar el centro político además de penetrar por primera vez en sectores hostiles a los partidos de derecha. Incluso, logra ese objetivo sin necesariamente desprenderse de su identidad de partido de derecha, ni romper sus vínculos con el pasado autoritario.

Además de la capacidad de veto que tuvo la UDI siendo un partido minoritario, afectando con ello una serie de proyectos de los gobiernos de la Concertación, logró entrabar una serie de decisiones e iniciativas impulsadas por RN. De hecho, entre 1989 y 1999, la UDI impuso todas las candidaturas presidenciales de la derecha; las dos primeras mediante candidatos independientes, la tercera con un representante de sus propias filas, J. Lavín. Esta capacidad de presión fue interrumpida recién el año 2005 cuando Piñera, en su condición de presidente de RN, aprovechó el traspié sufrido por la UDI en las municipales del 2004 y el cuestionamiento que surgió, desde la dirigencia de RN, a una nueva candidatura presidencial de Lavín.

En esa coyuntura, Piñera y gran parte de la dirigencia de RN intentaron superar el predominio y la hegemonía alcanzada por la UDI al interior de la derecha. A su vez, pretendían recuperar aquella votación que sistemáticamente venía perdiendo RN en beneficio de la UDI. Como se señaló anteriormente, RN experimentó un fuerte declive electoral entre las elecciones parlamentarias de 1997 y 2001. Dicho declive se explica, en gran medida, por los conflictos internos intensificados tras la negativa de la mayoría de los senadores de ese partido de acatar las resoluciones de su Consejo General en 1996, que contemplaron aprobar las reformas constitucionales promovidas por el gobierno de la Concertación. Al fracasar el intento de la facción más “liberal”, RN comenzó a ser visto como un partido similar a la UDI pero sin la disciplina ni la cohesión de los dirigentes gremialistas. Por la misma razón, RN terminó siendo conducido por la facción “más dura” y conservadora, cuestión que afectó, de manera considerable, los objetivos de avanzar en la conformación de una derecha liberal y de posicionamiento en el centro político. La candidatura de Piñera del 2005 intentó revertir la situación de RN estableciendo ciertos elementos de distinción con la candidatura de la UDI.

Por otra parte, desde la segunda mitad de los años noventa la derecha intensifica de manera considerable la competencia y la lucha por obtener la mayor cantidad de cargos de representación popular, a nivel parlamentario y municipal. En lo que respecta a la competencia parlamentaria, se produce una disminución del número de doblajes en la Concertación, en las elecciones de senadores como de diputados. Si hasta las elecciones de 1997 el número de doblajes de la Concertación en las elecciones de diputados fluctuó entre 11 y 10, en las dos siguientes (2001 y 2005) entre 4 y 5, en las de diciembre de 2009 no se produjo ninguno. En las elecciones de senadores, los doblajes siempre fueron siempre más reducidos, registrándose 3 a favor de la Concertación en las elecciones de 1989, 1 en las de 1997, 1 en las de 2005 y ninguno en las parlamentarias del pasado mes de diciembre.

La capacidad de evitar y hacer disminuir el número de doblajes fue una clara demostración de aumento de la competencia por parte de la derecha, y sobre todo de la UDI. En un primer momento, la intensificación de la competencia respondió a razones eminentemente “reactivas”, o “defensivas”. Como es sabido, la incorporación de senadores designados por el gobierno de la Concertación, a partir de 1998, fue vista como una clara posibilidad para abolir la institucionalidad derivada del régimen militar. Pero desde 1999, el aumento de la competencia, por parte de la UDI y RN, fue consecuencia de las claras posibilidades, identificadas por ambos partidos, de poder alcanzar el gobierno. Es así como la UDI se transforma no solo en el principal partido de la derecha, sino en una amenaza real para la permanencia de la Concertación en el gobierno.

2) La base de apoyo y los aspectos organizativos de RN y la UDI

El crecimiento electoral que va experimentando la UDI contribuye de manera significativa al aumento de los respaldos hacia la coalición de derecha. Su crecimiento es exponencial, y su contracción, producida en las elecciones municipales de 2004 y parlamentarias de 2005, repercute en la disminución del respaldo de la derecha en su conjunto. En gran medida, el crecimiento de la UDI, por sobre RN, es el resultado de un tipo de representación de carácter transversal, y no solo asociada a los segmentos socioeconómicos más altos. Por cierto, asegura una fuerte adhesión y respaldo en las comunas de mayor ingreso, pero al mismo tiempo va logrando gradualmente la capacidad de penetrar en nuevos territorios, arrebatándole parte de la votación al PDC y a otros sectores de la izquierda intra y extra Concertación.

Como es sabido, desde los años ochenta, la UDI viene realizando un intenso trabajo en el mundo poblacional. En un primer momento, para llevar a efecto ese trabajo aprovechó a los alcaldes designados por el régimen militar en las comunas populares, y que provenían de las filas del gremialismo. Con posterioridad, fue estableciendo una amplia red clientelar con los diputados que resultaron electos, muchos de los cuales habían sido alcaldes designados --entre ellos, F. Bartolucci, S. Correa, P. Melero, I. Moreira y J. Orpis --, asegurando de este modo el control de amplios territorios. La adhesión hacia ese partido se expresa de manera transversal, al abarcar desde los grupos de más altos ingresos, pasando por la amplia y heterogénea variedad de sectores que giran en torno a la clase media, pobladores, habitantes de los campamentos y mujeres jefas de hogar. Su discurso tecnocrático y apolítico logra una amplia acogida en los grupos de profesionales y en una parte importante de la población juvenil, pero su nivel de influencia sigue siendo marginal en el mundo sindical y en las comunidades cristianas de base.

A lo largo de la trayectoria de los últimos veinte años, RN ha sido un partido que ha mostrado una composición notoriamente más elitista, tanto en comparación con la UDI y, en especial, con los partidos no derechistas. A diferencia de la UDI, RN es un partido que se suele identificar, e incluso ligar en términos de representación, con sectores del empresariado y con grandes productores agrícolas de la zona centro-sur. En el transcurso de la última década ha logrado replicar, en algunos municipios, como los de Puente Alto y Ñuñoa, la red clientelar utilizada por la UDI en diferentes comunas y distritos del país.

Desde el punto de vista organizativo la UDI destaca por haber logrado constituir una estructura altamente cohesionada y articulada. Sobresale a su vez la “disciplina” de sus parlamentarios y dirigentes nacionales, así como la coherencia de sus acciones con los lineamientos y acuerdos programáticos establecidos por la dirigencia y las instancias centrales del partido. Es un partido que además ha sabido promover nuevos y diferentes liderazgos, algunos de los cuales han emanado desde las regiones. En ese sentido, no se depende de determinadas figuras, ni se cae en el caudillismo y el personalismo entre los dirigentes. La UDI supo superar la muerte de su líder fundacional y principal dirigente, Jaime Guzmán, ocurrida en abril de 1991

Por su parte, RN carece de mecanismos y órganos que permitan regular las relaciones internas, lo que ha hecho vulnerable a ese partido a la presión de ciertos dirigentes y facciones. La estructura organizativa deja enormes espacios para el caudillismo y los liderazgos de tipo personalista, algo que fue muy notorio en este partido durante los años noventa. La indisciplina y los conflictos internos, se tradujeron en una serie de crisis, muchas de las cuales culminaron con la renuncia de dirigentes y parlamentarios. Además, en ese mismo período provocaron la disminución del respaldo por parte de los segmentos del electorado identificados con la derecha.

La UDI se diferencia de RN en hacer permanentes una serie de actividades que forman parte de la vida y la dinámica organizativa de ese partido. De hecho, al interior de la UDI, muchas de las actividades son asumidas de manera profesional, e incluso la relación que los dirigentes establecen con el partido, en términos de roles y funciones, se adopta de manera profesional. Algo muy distinto a lo que ocurre en RN en donde se depende de acciones voluntarias, que no necesariamente logran la continuidad y el compromiso que requiere la vida partidaria y la sostenibilidad del propio partido. Por tanto, mientras la UDI ha adoptado las características típicas de las modernas estructuras y maquinarias partidarias, RN sigue manteniendo los rasgos que caracterizaron a los partidos de la derecha tradicional.

En función de las características organizativas de RN, la irrupción de la candidatura de Piñera, a partir del año 2005, viene a reafirmar la tendencia hacia los liderazgos de tipo personalistas. Comienza a establecer un tipo de vínculo con la dirigencia y las bases marcadamente mediatizado. Esto le permite no solo asegurar la cohesión del partido, en torno a su persona y candidatura, sino además aparecer como el líder de un amplio espectro, que va desde sectores del centro hacia la derecha.

3) Aspectos doctrinarios y programáticos de la derecha

En la última campaña electoral se hizo recurrente, sobre todo por parte del candidato presidencial, S. Piñera, de mostrar a la derecha chilena como una derecha liberal e incluso “progresista”. La noción de “progresismo”, que tanto en el contexto europeo como latinoamericano proviene de aquella izquierda que termina adoptando los esquemas de la socialdemocracia, se presta en la actualidad para una serie de confusiones. Tales confusiones han llevado a muchos a plantear la necesidad de desechar ese concepto, incluso de la conversación coloquial pues, más que permitir la definición --o redefinición-- de las identidades políticas, a la larga termina produciendo lo contrario. Queda la impresión que muchas cosas caben en el “progresismo”, y amplios son los sectores que pueden ser definidos como tal. No es casual, que dentro de la ambigüedad y la hibridez discursiva de la campaña que presidió a las elecciones de diciembre, la noción de “progresismo” y de “progresista” haya alcanzado tanta fuerza. Como progresistas se autodefinieron Arrate, Frei, Marco Enríquez-Ominami (MEO) y el propio Piñera.

En lo que respecta exclusivamente a la derecha, lo que resulta claramente discutible es el supuesto liberal subyacente a la candidatura de Piñera, y a lo que ha sido la trayectoria de ese sector en los últimos años. Sabido es que la “derecha liberal”, dicho por dirigentes de RN y la UDI, fracasó hacia 1997. Si alguna vez existieron sectores liberales en RN estos fueron marginales, o minoritarios dentro ese partido, y terminaron siendo desplazados por aquellos sectores más conservadores o que simplemente no adherían a las propuestas impulsadas por un pequeño grupo de dirigentes, entre ellos A. Allamand, R. Ossandón, L. V. Ferrada, entre otros.

Pero existen otros antecedentes que echan por tierra los supuestos liberales de la derecha. Uno de ellos es la tensa y ambigua relación que la derecha tiene con las instituciones, y sobre todo con las instituciones democráticas. Sabido es que el liberalismo defiende y promueve la división de poderes. En Chile, la propia derecha participó en el diseño de la arquitectura constitucional que ha provocado la existencia de un excesivo presidencialismo, que a veces impide las posibilidades de control de los otros poderes del Estado. Además, la derecha chilena es indiferentes, o bien autocomplaciente, con la concentración de la propiedad, y la existencia de monopolios, que devienen en poderes pre-políticos o “fácticos”, con una fuerte capacidad de influencia. El liberalismo, desde un comienzo, apostó por la existencia de condiciones de pluralidad, lo que ha llegado a constituir uno de los requisitos centrales para el funcionamiento de la democracia liberal. La derecha posee el control de gran parte de la prensa escrita, de las radios y la televisión. A partir del 11 de marzo, tendrá el control total de los medios de comunicación.

El liberalismo también apostó por la existencia y el desarrollo de contrapoderes en la sociedad, para de esa manera evitar todo despotismo o la propensión de algunos sectores de concentrar las atribuciones en muy pocas instituciones y poderes. La derecha chilena se ha transformado en un verdadero superpoder, o en un sector que logra controlar el poder económico, el poder cultural y ahora el poder político.

La renovación de la política, y el cambio generacional, la derecha lo viene planteando desde fines del régimen militar. En los últimos años lo planteó como propuesta alternativa a la Concertación, a su forma de gobierno y su estilo de conducción del aparato del Estado. Pero insisto, no es algo reciente en la derecha. Es recurrente en el discurso de la derecha, y aparece con fuerza tras la irrupción de la candidatura presidencial de Lavín 1999. Con anterioridad, durante la campaña para las parlamentarias de 1989, para resaltar los atributos de sus candidatos, la UDI hizo un uso reiterado de la palabra “joven” y la expresión “nuevo estilo”.

La crítica a los “partidos tradicionales” manifestada por Piñera, y curiosamente, coincidente con el discurso de MEO, ya había sido formulada por la UDI en su Congreso Doctrinario de 1991. En ese Congreso la UDI definió a la política como “acción de servicio”. De acuerdo a lo que se planteaba, en esa ocasión, y como lo aclarara H. Larraín, eso implicaba intensificar su intervención en las comunas populares, junto a la promoción de una acción pragmática --supuestamente--, desideologizada y despolitizada. En una entrevista concedida por Lavín, en noviembre de 1999, sostenía que: “Política, para mí, significa servicio público (...) Que los partidos sean intermediarios entre la gente y el gobierno, hoy en día ya no es tan así. Por su nivel de información y educación, la gente piensa que casi se puede representar sola” (Ercilla, N° 3.124: 12). Por otra parte, tanto la UDI, como parte importante de RN --que resaltaba el papel de los gremios--, fueron críticos a la acción de los partidos y a la agenda del gobierno que buscaba las modificaciones a la Constitución de 1980, y demás “enclaves autoritarios”.

En la derecha chilena, la influencia del pensamiento conservador, y sobre todo del catolicismo es más que notoria. Ambos partidos enfatizan el rol de la familia, se oponen a cualquier alteración de esa unidad, y sostienen regirse por los principios de la civilización cristiano-occidental. Sin necesidad de remitir a la tradición hispano-católica, RN y la UDI acogieron y adhirieron a la Encíclica “Centesimus annus”, promulgada por Juan Pablo II en 1991. Esta Encíclica fue asumida por los partidos de la derecha y no, como en otras ocasiones, por el PDC. En esa encíclica se hizo hincapié en el ejercicio de los derechos económicos, definiendo al mercado como asignador de los recursos y a la empresa como una “comunidad de trabajo”.

En relación al mercado, es plenamente coincidente la posición doctrinaria y programática de RN y la UDI. La UDI ha venido sosteniendo que lo clave para la reducción de la pobreza es apostar al crecimiento y al aumento del producto nacional. Esto se traduce en una disminución del rol del Estado, y de su capacidad interventora, y en un mayor protagonismo del sector privado. En la declaración de principios de RN, actualmente disponible en el sitio web www.rn.cl, se sostiene que “Los sistemas económicos que estimulan en cada persona la capacidad generadora de riqueza, obtienen un desarrollo económico y un bienestar social muy superiores a los colectivismos planificados por la burocracia estatal”. Para ambos partidos, frente a las imperfecciones o limitaciones del mercado, cabe al Estado solo asumir un rol de tipo subsidiario. En términos económicos, la derecha chilena tiende a coincidir con los postulados del liberalismo económico clásico, que apostó por un mercado y una sociedad autorregulada, sin ingerencia del Estado y de otras instituciones sociales y políticas.

4) Algunas lecciones para los sectores no derechistas

La derecha ha llegado al gobierno, y en estos momentos se encuentra definiendo las medidas más inmediatas para implementar a partir del 11 de marzo. Afina detalles para el traspaso y la distribución de los cargos de confianza; a su vez, hace explícitos una serie de puntos que fueron anunciados, de manera genérica, en el programa de gobierno. Mientras ocurre todo eso, no hay reacción alguna, ni siquiera frente a las eventuales medidas y propuestas que han surgido del sector empresarial. Ni de parte de la Concertación, ni mucho menos de parte de la izquierda no concertacionista, se definen posiciones claras y acciones a seguir. Se observa, en ambos sectores, desconcierto y confusión tanto en relación al presente como al futuro.

Históricamente, fue la izquierda, y desde fines de los cincuenta el PDC, quienes lograron constituir partidos más estructurados y consolidados desde el puno de vista orgánico. La derecha siempre fue más desestructurada, con una fuerte tendencia al divisionismo y al “canibalismo político”. En los últimos años ha sido la derecha la que se ha presentado de manera mejor organizada, mientras que en el resto del espectro no derechista ha predominado el divisionismo, la confusión, el sectarismo y la precariedad institucional. Vale decir, los sectores no derechistas poseen hoy día una serie de falencias que le impiden enfrentar, de manera acertada y mancomunada, las acciones y decisiones del nuevo gobierno. Para hacer oposición, fiscalizar al gobierno, presentar propuestas y ganar la adhesión del electorado, resulta primordial contar con una estructura orgánica, articulada en uno o varios partidos. Sin eso difícilmente se puede pensar en el desarrollo de una oposición, que actúe de manera permanente, y que sea capaz de canalizar el descontento.

A inicios del gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) la derecha definió que no había “zonas neutrales”, cuando se refería a la política y a la organización de la sociedad. Para la derecha de ese entonces era necesario intervenir en todos los escenarios de acción y de participación, para quitarle espacio y poder a sus adversarios políticos. Prepararse para las elecciones parlamentarias y municipales era tan importante como intervenir en las elecciones de las directivas de los gremios, o en los centros de alumnos de los liceos fiscales. En los años noventa, se mantuvo esa misma lógica pero privilegiando y definiendo áreas y sectores estratégicos. Para la derecha, y sobre todo para la UDI, pasó a ser fundamental avanzar en el mundo poblacional, invertir en centros educacionales y en medios de comunicación.

La Concertación es responsable de la derrota electoral sufrida por E. Frei en la “segunda vuelta” del 17 de diciembre; pero también lo es el conjunto de la izquierda que no supo, en estos veinte años, crecer, ni supo proyectarse como una alternativa real y viable. De parte de la izquierda no concertacionista, el ámbito electoral fue abandonado, o delegado a la Concertación y a quienes conforman hoy al Juntos Podemos. Se llegó al absurdo de plantear que lo electoral servía solo para reproducir “pugnas interburguesas”. Abandonó con ello uno de los principales escenarios de la lucha política, olvidando incluso que el derecho a la participación y el sufragio universal son conquistas históricas de las cuales fue artífice la propia izquierda.

La izquierda, lo que quede de la Concertación, y el mundo no derechista en general, deben aprender de ese fracaso, así como considerar que muchas veces los personajes y los hechos históricos se vuelven a repetir, “la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa”. A veces la izquierda privilegia la crítica a tal nivel que cae en el inmovilismo; pone énfasis en los grandes procesos y las estructuras, olvidándose de la coyuntura y de las cuestiones más inmediatas. Suele carecer de habilidades políticas y le cuesta tomar decisiones. Posee un arsenal terminológico y discursivo con el que, normalmente, se pasa de revoluciones cayendo en la crisis existencial. Así se le han pasado veinte y quizás más años. De superar todo esto, y poder fortalecer las estructuras partidarias, va a depender si estos últimos veinte años sean vistos en el futuro con nostalgia, si es que las condiciones empeoran, o como un período de aprendizaje político.

Santiago, enero 28 de 2010


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