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 Opinión: La suerte estaba echada
La suerte estaba echada
Octavio Avendaño  (Chile)

“Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad heladas (...) La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura” (Max Weber).

Los resultados de la segunda vuelta del pasado domingo 17 de enero tendieron a confirmar lo que se venía anticipando como lo más probable: el triunfo del candidato de la derecha, S. Piñera, y la derrota del abanderado oficialista, E. Frei. La diferencia de casi 3.21 puntos porcentuales entre ambos fue estrecha, si se piensa en la amplia ventaja --de casi 15 puntos-- obtenida por Piñera en la primera vuelta del 13 de diciembre. Además, los resultados mostraron que de la votación anteriormente obtenida por Marco Enríquez-Ominami (en adelante MEO), cerca un 60% se inclinó hacia la candidatura de Frei y alrededor de un 40%, en cambio, hacia la opción de Piñera.

La estrechez de los resultados entre Piñera y Frei se explica, en gran medida, por el giro que fue tomando la campaña en la segunda vuelta, especialmente por parte de la candidatura oficialista. La fase final de la campaña estuvo marcada por una serie de ajustes al interior de su comando, el aumento de las adhesiones, y un intenso apoyo de una parte de la izquierda no concertacionista. Este giro evitó que se produjera una verdadera debacle electoral para la coalición oficialista, contrastando con lo ocurrido en el período inmediatamente posterior a la primera vuelta. Hasta los primeros días de enero, la campaña de E. Frei debió enfrentar el aumento de los conflictos al interior de los partidos de la coalición, problemas de conducción e inoportunas y erráticas decisiones por parte de quienes conformaban su comando electoral.

La derrota de la Concertación obedece a causas que son estrictamente políticas. No influyó el haber estado en medio de una crisis que contrajo el crecimiento y produjo el aumento del desempleo. De hecho, desde temprano se fue arraigando en la opinión pública la imagen de un manejo adecuado de la crisis por parte del gobierno. Por tanto, las causas que produjeron la derrota de la Concertación deben buscarse en los conflictos que se desencadenaron al interior de los partidos que la conforman. A su vez, se pueden identificar otros fenómenos, menos coyunturales, relacionados con el tipo de lógica y forma de conducción adoptada por la dirigencia concertacionista hace ya más de una década. La combinación de estos factores fue generando el terreno propicio para la fuga de una parte del electorado que se había hecho cada vez más volátil y distante de la coalición.

1) Desaciertos y posibilidades de la Concertación Durante todo el último tiempo se viene hablando de crisis terminal de la Concertación, aludiendo a la falta de proyecto y a las dificultades para reencantar al electorado que la convirtió en mayoría hasta las elecciones de enero del 2006. También se alude, sin especificar en qué consiste, al modo de funcionamiento de los partidos, como si éstos fueran permanentemente monitoreados por el conjunto del electorado. Muchos de estos argumentos pecan de simplistas. Quienes hablan de falta de proyecto no consideran el giro que se produjo, en la última década, desde aquella estrategia abiertamente conservadora que predominara en la casi totalidad de los años noventa. Como es sabido, en ese período, la Concertación privilegió la gobernabilidad y estabilidad del sistema político, así como el manejo de las variables macroeconómicas, subestimando la participación y la organización de los sectores populares. Tampoco hacen hincapié en la falta de mecanismos de democracia interna en los partidos que la conforman. Tienden a resaltar las disputas y conflictos, que suelen responder más a personalismos que a diferencias programáticas e ideológicas, pero se olvidan de la raíz de esas tensiones: la falta de mecanismos que regulen las relaciones y las disputas internas, y que hagan posible la coexistencia de tendencias y facciones diversas. Esta carencia, obviamente, va más allá de los partidos de la Concertación, afectando al conjunto del sistema de partidos de nuestro país; pero será un factor decisivo a la hora de recomponer las relaciones internas y hacer viable las iniciativas de la nueva oposición.

Después de la segunda vuelta ha quedado bastante claro que la permanencia o desaparición de la Concertación dependerá de cuán agudos puedan ser el fraccionamiento y el divisionismo al interior de sus partidos. También dependerá de las posibilidades que éstos tengan para recuperar el protagonismo que fueron perdiendo a partir del tercer gobierno de la Concertación, encabezado por Ricardo Lagos (2000-2006). A inicios de los noventa, la Concertación funcionaba de manera coordinada, pese al marcado carácter cupular de muchas de las decisiones. La vida partidaria, y sobre todo las elecciones de las directivas, en ocasiones, concitaron la atención de buena parte de la opinión pública. El sentido de la coordinación y el rol mismo de los partidos diminuyó en la segunda mitad de los noventa. Bajo la administración de Lagos, el rol de los partidos fue desplazado, abiertamente, por la función que pasaron a cumplir los consejeros y estrategas comunicacionales que operaban desde el segundo piso de La Moneda. Dicha tendencia se mantuvo bajo la administración de la señora Bachelet, pese a que desde los inicios fracasara la idea del “gobierno ciudadano”, agudizando con ello la crisis de la coalición.

Una democracia moderna no puede prescindir de los partidos, así como tampoco puede prescindir de otras instituciones que hagan posible el monitoreo, la fiscalización y la comunicación con los distintos sectores de la sociedad. Con mayor razón una coalición no puede desconocer la función de sus partidos, ya que de lo contrario termina negando su propia esencia. Hoy en día son los partidos de derecha los que tienen vida partidaria propiamente tal, y organizaciones como la UDI las que logran establecer canales de comunicación entre sus directivas centrales y la militancia de base. Los gobiernos de la Concertación dejaron morir a la prensa independiente, afin a sus organizaciones e ideario político. Lo hicieron bajo el pretexto de estar en el gobierno. Sin embargo, a partir de marzo sus partidos van a carecer de todo canal de expresión, alternativo al futuro gobierno de derecha, y al duopolio de Copesa y El Mercurio, para poder cumplir un efectivo rol de fuerza opositora. No tendrán con qué mantener un canal de comunicación con los sectores que se consideren opositores, o simplemente expectantes a las iniciativas del nuevo gobierno.

Por otro lado, la Concertación logró beneficiar a una importante franja de la población. Desde los primeros años de su gestión, a principios de los noventa, se fue produciendo un aumento de los ingresos y salarios reales, junto con el aumento del poder adquisitivo de parte importante de la población. Emergió con ello un nuevo segmento de chilenos “aspiracionales”; es decir, un amplio y heterogéneo sector que se ubicó entre la clase media más tradicional, y aquellos grupos que lograban dejar atrás su condición de vulnerables. Este sector llegó a ser capaz de prescindir del Estado, y a sentirse más cómodo gozando de todas las ventajas ofrecidas por el mercado. Ha sido un sector que rechaza el intervencionismo y la regulación estatal, y que mira con desconfianza los servicios y el funcionamiento de las instituciones públicas. La disminución de la pobreza, que no se tradujo en estos veinte años en una reducción de la desigualdad, permitió engrosar las filas de este amplio y heretogéneo sector, al integrase aquellos grupos que se distanciaron de la pobreza y la vulnerabilidad.

Al mejorar su condición, los chilenos “aspiracionales” modificaron sus demandas y su relación con el Estado. Durante toda la campaña, este sector no logró sintonizar con la propuesta de más Estado planteada por E. Frei. Eso sí, sintonizó muy bien con la crítica a los partidos formulada por MEO y, sobre todo en segunda vuelta, con el discurso de la derecha. La importancia asignada a la --todavía insuficiente-- protección social, y el reconocimiento público de lo que ha sido la gestión gubernamental en esta materia, permitieron a Frei recuperar el respaldo de las comunas populares.

Por cierto, la derrota del pasado domingo 17 obedece a muchos otros factores, entre ellos el mal manejo de la administración de algunas regiones, la ausencia de organización y participación en este tipo de territorios, y una desconexión casi completa con las cúpulas que operan en las sedes centrales de los partidos. De otra forma no se explica el repunte de Piñera en las regiones del norte y la amplia distancia que se produjo desde la araucanía hacia el sur. En ciertas regiones, y en particular algunas comunas rurales de las regiones sexta y séptima, la campaña de la primera y la segunda vuelta estuvo marcada por la inercia, y los respaldos alcanzados por el candidato de la Concertación derivaron del peso de la “memoria histórica”, que de iniciativas emprendidas por los comandos y partidos.

2) La izquierda no concertacionista

El cineasta Nanni Moretti ha tenido el mérito de mostrar en cada una de sus producciones la crisis y la pérdida de sentido experimentada por la izquierda italiana desde fines de los años setenta. En una de sus películas, Aprile, se esmera en presentar cómo la izquierda --por sí sola-- se fue silenciando e intimidando luego del primer triunfo de Silvio Berlusconi, en marzo de 1994. La izquierda, en ese momento y en los años inmediatamente posteriores, siguió existiendo como fuerza protagónica e influyente, pero cada vez más pasiva e incapaz de representar a las nuevas demandas y conflictos de la sociedad italiana. En otra producción muy posterior, Il Caimano, estrenada en los momentos en que Berlusconi buscaba su reelección, en marzo de 2006, Moretti muestra a una izquierda que existe solo en el recuerdo, y a una sociedad completamente adaptada a los cambios impulsados desde mediados de los noventa. El hecho de presentar a la izquierda como un recuerdo parece haber sido una premonición por parte del cineasta, si se considera que dos años después la centro-izquierda sufriría una aplastante derrota por parte de la coalición de Berlusconi, y el resto de la izquierda sería completamente pulverizada de la escena electoral y parlamentaria.

A lo largo de este recorrido, Moretti demuestra que el fenómeno Berlusconi no solo ha sido el resultado de factores endógenos o asociados al despliegue de una derecha cada vez más agresiva, sino a la crisis existencial que aqueja a la izquierda y al debilitamiento que ella va experimentando en el arco temporal de más de quince años. Esta situación es perfectamente extrapolable a lo que ocurre con la izquierda de nuestro país. Junto con afectar a la Concertación, la reciente derrota puso en evidencia la crisis de la izquierda que a estas alturas ya no solo existencial. De hecho, la derrota de Frei contagia y salpica a quienes fueron distantes a él --y al PDC --, y que fueron incluso sus opositores, pero que en el último tiempo les había parecido intolerante --por distintos motivos-- una victoria electoral de la derecha.

A excepción del PC, la izquierda no concertacionista se encuentra hoy en una situación de foja cero. Posee una nula capacidad de convocatoria, y carece de toda propuesta que le permita llegar a ser una alternativa a la Concertación y a la derecha. Durante más de veinte años ha privilegiado la veneración de símbolos y la repetición mecánica de consignas, que carecen muchas veces de todo contenido; por el contrario, ha evitado la discusión de ideas, y se ha mostrado incapaz de desarrollar relaciones políticas con otras agrupaciones y partidos del mismo sector. No sabe en este momento si plantear una “vía chilena”, imitar el chavismo, o seguir las experiencias de la izquierda brasileña y uruguaya.

Desde principios de los noventa, la izquierda delegó en la Concertación el desarrollo de las estrategias destinadas a competir --en términos electorales y políticos-- con la derecha. Cuando no se escudó en la Concertación, adoptó una actitud claramente pasiva frente al amenazante crecimiento electoral de los partidos de la derecha. Peor aun, la izquierda no fue capaz de ocupar aquellos territorios que, desde muy temprano, abandonaron y dejaron a la deriva los partidos de la Concertación, y que rápidamente fueron ocupados por la UDI. En buenas cuentas, descuidó importantes escenarios de disputa y de lucha política, que en el corto plazo permitirían resistir a las iniciativas implementadas por el próximo gobierno derechista.

Tampoco ha sabido llegar a los sectores que hoy sufren, de manera más directa, la crudeza del modelo; o simplemente, que viven los efectos de la flexibilidad laboral y la contracción de la actividad económica. No ha sabido ir más allá de la acción sindical, y de un sindicalismo marcadamente tradicionalista, ni tampoco del vínculo puntual con algunas organizaciones poblacionales. De hecho, no ha sabido siquiera hacer un diagnóstico adecuado respecto de la situación de la gran masa laboral que se desempeña en el sector servicio; es decir, en la banca, en los supermercados y las multitiendas en general. Dicho sea de paso, en el sector clave para el funcionamiento general del modelo, y políticamente estratégico considerando la condición del presidente electo, S. Piñera. Tampoco ha sabido manifestar su posición respecto al deterioro de las condiciones de vida en los principales centros urbanos, y una diversidad de otros temas de índole socioeconómicos y culturales.

Como ocurre con el conjunto de la izquierda, en este sector en particular se observa una incapacidad de prescindir de la Concertación, sobre todo para los efectos de la sobrevivencia material de sus dirigentes y organizaciones. Muchos militantes y participantes de las organizaciones de la izquierda se desempeñaron al interior de las reparticiones estatales, o directamente actuaron como consultores y/o ejecutores de los programas implementados por la política pública de los gobiernos de la Concertación. También se vieron en la necesidad de acceder a fondos concursables, como los del Fondart, para de esa manera poder implementar una serie de iniciativas de difusión cultural y asegurar la sobrevivencia de sus organizaciones.

3) La (nueva) derecha al gobierno

En el último tiempo se ha hecho un lugar común entre analístas y opinólogos, que figuran en la prensa escrita, de hablar de la formación de una nueva derecha. Se trataría, según este tipo de afirmaciones, de una derecha distinta, más liberal y que valora la democracia, en relación a la otrora derecha pinochetista, antidemocrática y golpista. Los argumentos, al respecto, pecan muchas veces de simplistas y de ingenuos, y en algunos casos de un marcado oportunismo considerando el momento en que han sido esgrimidos.

La derecha chilena dista mucho de ser liberal, a pesar de que algunos de sus dirigentes, como Allamand y el mismo Piñera, y uno que otro académico, como O. Godoy, se esmeren en demostrar lo contrario. Si fuera liberal respetaría la división de poderes, se habría jugado tenazmente por abolir todo resabio autoritario persistente en la democracia chilena, y no tendría conflictos a la hora de modificar y reemplazar la Constitución de 1980. Evitaría que los intereses de ciertos grupos sobrepasaran el normal funcionamiento de las instituciones y prevalecieran por sobre el interés de la mayoría. Trataría incluso de modificar el régimen político, intentando pasar del presidencialismo hacia, al menos, un seudo parlamentarismo, o un seudo presidencialismo. De ese modo, y no de otro, la propia derecha aseguraría que la democracia pudiera funcionar acorde con los principios promovidos por el liberalismo --e incluso por el liberalismo más clásico-- y no necesariamente con aquellos pregonados por el “progresismo” de la izquierda. Por tanto, la derecha chilena sigue siendo tan conservadora y autoritaria, como a inicios de los noventa, o como en la década del setenta. Eso sí, cambia de maquillaje de vez en cuando, y adopta una actitud claramente travestida.

Cierto que, en su fisonomía, los sectores que conforman la derecha hoy difieren de la derecha latifundista que defendió de manera agresiva el derecho a la propiedad y resistió a la política de expropiaciones impulsada por los gobiernos de Frei Montalva (1964-70) y Allende (1970-73). En la base, una parte importante de su militancia y de sus adherentes proviene de las comunas populares. En la cúspide, se compone de profesionales calificados y de un empresariado globalizado vinculado a un capitalismo altamente sofisticado. En doscientos años de vida independiente, este país ha ido evolucionando en su estructura de dominación, pasando de latifundistas a empresarios estatistas (tras la creación de la CORFO), luego por tecnócratas, hasta llegar finalmente a empresarios globalizados. El empresariado de hoy no solo requiere de propiedad y buenos vínculos, también de destrezas y habilidades para sobrevivir en mercados cada vez más dinámicos y fuertemente competitivos. Está en la banca, en la bolsa, participa del sector servicios, y también en los sectores productivos más estratégicos. En lo que concierne a los valores, quienes conforman la cúspide de la derecha, “buscan consuelo” en una serie de sectas marcadamente ultramontanas, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Fiducia. O bien siguen practicando el catolicismo, en un modo tradicional, como lo muestra, de manera frecuente, el presidente electo, S. Piñera.

No es una derecha laica; ni tampoco, entre los sectores que la conforman, se observa una cercanía con la tradición republicana de la derecha inglesa y francesa. La derecha chilena tiende a entremezclar elementos de la bizarra derecha italiana, representada por Forza Italia y Alianza Nacional, la mexicana de Fox, y la colombiana de Pastrana y Uribe. Es una derecha que desconfía del Estado, pero no solo del estatismo: desconfía de ciertos idearios republicanos, relacionados con el funcionamiento de instituciones que garanticen el respeto de la libertad individual y la igualdad de oportunidades. Desconfía de la participación, de ahí que defienda de manera categórica el voto voluntario para evitar que se emule cualquier modelo de participación inclusiva, o coherente con el ideario que inspiró la instauración del sufragio universal. La relación con la justicia también puede llegar a ser conflictiva. Piñera y Berlusconi comparten la experiencia de haber rehuido de ella. Ambos consideran que la concentración de la propiedad puede ser el resultado de las habilidades para competir al interior del mercado. Y por ende, la legislación anti-trust es para ambos un mero resabio del estatismo y del intervencionismo.

Para el funcionamiento de su gobierno, Piñera no puede prescindir de la UDI, ni al interior de las reparticiones estatales, ni al interior del parlamento. Sabido es que la UDI posee la mayor cantidad de cuadros preparados para asumir funciones técnicas en los principales cargos, de confianza, del futuro gobierno. La derecha, en la actualidad, cuenta con una significativa representación parlamentaria. Mientras la Concertación posee 19 escaños en el senado, la derecha 18. De los 18 senadores ligados a este sector, 2 son independientes, 8 pertenecen a la UDI y el mismo número a RN --el partido de Piñera. La UDI posee la mayor cantidad de diputados, en relación a todos los partidos con representación parlamentaria. De los 58 diputados que pertenecen a la derecha, 40 representan a la UDI y 18 a RN.

Esto nos indica que, más que un “gobierno de unidad nacional”, que logre integrar y establecer acuerdos con sectores de la Concertación, el gobierno de Piñera deberá asegurar buenas relaciones con sus socios y aliados naturales. Son sus aliados de la UDI los que están en condiciones de vetar y bloquear iniciativas legales, lo que hace impensable en una estrategia que apunte al aislamiento de ese sector. Que se mantengan funcionarios y cuadros técnicos del actual gobierno, por quizás cuantos meses, será parte de una maniobra de hacer menos violento el traspaso y, por otro lado, la respuesta a una necesidad real: la imposibilidad de vaciar completamente el aparato del Estado.

Lo más probable es que la derecha no privatice más ni altere el presupuesto asignado a la política social. En relación a esto último, cabe destacar que el --todavía débil-- sistema de protección social se verá modificado por el énfasis asignado al traspaso directo de los recursos a los usuarios y la población beneficiaria. Se eliminarán los intermediarios, y reducirán las instituciones encargadas de regular los problemas de inserción de esa misma población. Para salud y educación lo más probable es que aumenten los bonos, becas y otros recursos de tipo monetario, y de ese modo permitir que estos sectores transiten entre los servicios públicos y privados. Será una forma indirecta de reducción del sector público y de fortalecimiento del sector privado.

4) Proyecciones: las posibilidades para una nueva oposición

El gran desafío para las fuerzas no derechistas será lograr conformar una oposición efectiva y desafiante al nuevo gobierno que se instalará el próximo 11 de marzo. Es decir, una oposición que no asuma una actitud pasiva, como ocurrió en estos años con una parte de la izquierda respecto de los gobiernos de la Concertación. Esta oposición, si pretende ser mayoría y desplazar en el futuro a la derecha del gobierno, deberá ser una fuerza con capacidad de pendular entre la izquierda y el centro. De lo contrario, estará condenada simplemente a mantenerse al margen del gobierno, y gastar todas sus energías con aquellos grupos que ahora les baja el interés por ser oposición, y al mismo tiempo por intentar conducirla.

Una oposición es desafiante cuando tiene la posibilidad de acumular, sobre todo, fuerza electoral. Tal como lo hizo la propia derecha, cuando dejó de conformase con las ventajas ofrecidas por el sistema binominal y se puso como meta llegar al gobierno. O como lo hizo la izquierda brasileña, desde fines de los ochenta, o en igual período la izquierda uruguaya representada por el Frente Amplio. Pero la oposición desafiante no se limita solo a acumular fuerza y respaldo electoral. También necesita intervenir en otras arenas y escenarios de acción, entre ellos el parlamentario y aquellas en donde se define la política pública. Por último, la oposición desafiante se expresa no solo como oposición política sino también como oposición social. Este es quizás uno de los mayores desafíos que tendrá que enfrentar la nueva oposición: fortalecer los vínculos con la sociedad, fomentar las organizaciones y recuperar la adhesión y confianza de determinados grupos sociales. Por cierto, deberá tener que saber canalizar las nuevas demandas y conflictos que provengan de sectores, precarizados muchas veces, pero no tradicionales.

La futura oposición deberá ser propositiva y también saber desarrollar políticas de alianza. En el caso de la izquierda el gran problema que ha tenido es no haber superado el infatilismo y aprendido a relacionarse políticamente. Una oposición que no es desafiante se transforma en una oposición permanente o simplemente en una oposición pasiva. Si esto llega a ocurrir, la derecha se mantendrá con facilidad en el gobierno por varios períodos o quizás décadas. Para ser oposición no basta solo con el mero hecho de no estar en el gobierno. Las democracias occidentales ofrecen una serie de ejemplos de partidos que nacieron, se desarrollaron y desaparecieron, estando en la oposición y que no lograron jamás estar cerca del gobierno. La futura oposición deberá asumir que para alcanzar el gobierno, y desplazar a la derecha, necesita recuperar la confianza de importantes sectores de la población y ser vista como alternativa real de gobierno.

¿De dónde podría salir esta nueva oposición? Por cierto de sectores que provienen de la Concertación, lo cual dependerá de cómo evolucionen las relaciones al interior de los partidos que la conforman. También podrá derivar de sectores pertenecientes al Juntos Podemos, y del resto de la izquierda que decida, de una vez por todas, actuar comprometida y responsablemente. Quienes conformen esta nueva oposición deberán tener en cuenta dos cosas. Por un lado, que más que el liderazgo y la conducción lo decisivo será el fortalecimiento de las organizaciones y las instituciones, en especial de aquellas destinadas a fomentar la participación y la discusión. Por otro lado, será necesario recuperar el centro político. De ahí que la izquierda no pueda prescindir de sectores provenientes de la Concertación; ni desde ésta misma, de agrupaciones y organizaciones provenientes del mundo de la izquierda.

Hay una historia y en cierta medida una identidad en la cultura política chilena que hace viable un acercamiento de este tipo. Recordemos que la lucha contra el autoritarismo se llevó a través de una mística, y un tipo de acción mancomunada, que se expresó en frases tan simples, pero tan significativas, como “todos al parque”. De lo que se trataba en ese momento era de aunar fuerzas, y de no excluir. Ahora, será necesario fomentar la discusión y la generación de propuestas, evitando el divisionismo y el caudillismo, que responde más a ambiciones personales o a una sobreideologización que no sirve para nada, salvo para conducir al fracaso. Hay todavía derechos que defender y evitar que sean abolidos y derogados, lo que podrá ser un estímulo importante en pos de la lucha mancomunada. La discusión y la reflexión que se genere, en distintas instancias, hará posible consensuar una futura plataforma electoral y un programa de gobierno.

No faltarán quienes intenten y ambicionen la conducción de la nueva oposición. Esto será positivo si permite fomentar la discusión política y programática. Pero será negativo si reproduce lo que se ha conocido al interior de la izquierda. Negativo si se queda en la crítica virulenta y anti-partidos como la manifestada por el joven MEO antes y durante la primera vuelta del 13 de diciembre. Todos hemos sido testigos de un caudillismo generado a la fuerza, utilizando, como la derecha, el poder del dinero y actuando de manera absolutamente irresponsable. ¿Qué laya de liderazgo es el que no sabe tomar una decisión, por los riesgos que eso implica para su imagen personal?. ¿Qué laya de liderazgo es el que actúa de manera oportunista, cuando ya no hay posibilidades de maniobra alguna?. ¿Qué laya de liderazgo es el que rasga vestiduras cuando la crisis es inminente, pero antes actúa igual que todos quienes ostentan el poder? En la izquierda, los oportunismos se ven de manera frecuente, así como las traiciones y las manipulaciones. Por ende la importancia de recuperar la discusión política, y el respeto por las diferencias.

Habrá quienes opten por otros caminos. Pero recordemos que es la derecha la que estará ahora en el gobierno. Detalle no menor y que es necesario siempre reiterar. También recordemos que en doscientos años los sectores populares, en muy pocas ocasiones, han estado dispuestos a enfrentar a sus patrones. Ahora, considerado las complejidades del sistema, es difícil que se enfrenten a directores de empresas, gerentes de bancos y miembros de los grandes holdings.

Santiago, enero 19 de 2010


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