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 Opinión: El Chile de Sebastián Piñera
El Chile de Sebastián Piñera
Fernando Mires  (Chile)

Habiendo llegado a la conclusión –en contra de mis deseos pero a favor de mis pronósticos- de que las elecciones presidenciales en Chile (17 de Enero del 2010) serían ganadas por el candidato Sebastián Piñera (51,8%), y adelantándome a los resultados, escribí días antes de la elección este artículo cuyas primeras líneas comienzan aclarando dos puntos:

El primero dice así: que las elecciones presidenciales sean ganadas por un candidato de derecha (o de izquierda) es lo más normal que puede ocurrir en un país. El segundo dice así: Chile sigue siendo lo que ha sido casi siempre: un país extremadamente centro-crático.

1. El estigma del pasado

Con relación al primer punto es posible presentir que desde la izquierda chilena puede discutirse afirmando que no es lo mismo hablar de la derecha en general que de la derecha chilena en particular. La derecha chilena, dice ese argumento, no sólo impulsó el golpe de Pinochet –iniciativa que compartió con una fracción del partido del candidato Eduardo Frei- sino, además, aceptó su disolución al ponerse al servicio de la dictadura.

La derecha chilena arrastra, en verdad, un estigma que no ha sido borrado por el paso de los años, ni se borrará tan pronto, entre otras razones porque los crímenes históricos no son iguales a los crímenes jurídicos. Los primeros, a diferencia de los segundos, no expiran. Continúan viviendo en la memoria de los pueblos, y es bueno que así sea. Para poner un ejemplo: a casi nadie se le ocurriría decir en Europa que los crímenes de Hitler han expirado con el transcurso del tiempo. Todo lo contrario: cada vez se los recuerda más y más y el horror que ellos producen en vez de aminorar, se acrecienta. Lo mismo vale y debe valer –en las proporciones adecuadas- para la dictadura de Pinochet y los suyos, algunos de los cuales se alinean como veteranos de guerra en las filas de Piñera.

No obstante debo señalar que en estos momentos no estoy realizando un trabajo de investigación histórica sino un simple análisis político, lo que es muy diferente. Y pensar de modo político implica analizar a las fuerzas políticas tal como ellas se presentan en el momento del análisis. El juicio moral deberá deducirse del recuento de la historia o tener lugar el día del Juicio Final, que no sé cuando será. Por último, no está de más recordar lo que dijo una vez un joven e inquieto rabino al referirse a aquellos que miran la paja en el ojo ajeno sin ver la tremenda viga que tienen en el propio.

La verdad es que si hubiera que repartir juicios morales tendríamos que preguntar sobre la responsabilidad que nos corresponde a cada uno de “los muchachos de antes” en el desenlace que vivió Chile en el 1973. Y de pronto quizás veríamos que no es tan poca como en nuestra santa inocencia imaginamos. Tendríamos también que preguntar por qué tantos acusadores callan cuando se trata de denunciar crímenes cometidos durante la larga dictadura de los Castro en Cuba (para poner un solo ejemplo), dejando la impresión de que para ellos hay crímenes que denunciar y crímenes que ocultar. Tendríamos, en fin, que preguntarnos muchas otras cosas, de modo que para no enojarnos, dejemos el tema, por el momento, hasta aquí. Lo cierto es que en el país ha triunfado, después de mucho tiempo, la derecha.

2. El principio de la alternancia en el poder

El triunfo de la derecha en Chile puede ser considerado como la reafirmación de uno de los principios centrales de toda democracia: el de la alternancia en el poder. En cierto modo gracias al triunfo de la derecha Chile se ha convertido, al fin, en un país políticamente normal. Más aún, me atrevo a formular la tesis de que la alternancia en el poder es la clave de la vida en democracia.

La democracia no es sólo una construcción institucional ni una simple superestructura. Es antes que nada el espacio donde tiene lugar la lucha política que para que sea tal tiene que asumir formas antagónicas. Sin luchas antagónicas –y en ese punto están de acuerdo casi todos los filósofos de la política moderna- la política se convierte en un simulacro de sí misma, en pura gobernabilidad, administración y burocracia, que esos eran los signos que caracterizaron a la Concertación chilena durante el periodo Bachelet.

La política es la energía que hace vibrar intensamente la vida democrática, o como ya he reiterado en otras ocasiones: puede haber política sin democracia, pero una democracia sin política es una imposibilidad ontológica. De ahí que el principio de la alternancia en el poder es para una democracia tan importante como la separación de los poderes públicos. Sin alternancia aparecerá, tarde o temprano, una “clase de estado”, se formarán estamentos burocráticos y tendrá lugar una acelerada despolitización (en aras de la gobernabilidad) del partido o coalición gobernante. En la historia latinoamericana hay muchos ejemplos de lo que ocurre cuando la alternancia no aparece. El caso más comentado ha sido el del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México (1929-1997). La corrupción durante los largos años que gobernó ese partido, cuando durante el gobierno de Vicente Fox (2000-2006) fueron destapadas las ollas, despedía un hedor más que pestilente.

En cualquier caso la Concertación ha cumplido los fines para los cuales fue elegida; no tiene objetivos de reemplazo y por lo mismo atraviesa una crisis de identidad de la cual la monótona candidatura de Eduardo Frei era un simple reflejo. Ya al finalizar el 2009, detrás de la amable fachada configurada por Michelle Bachelet, no podían ocultarse luchas caudillescas, arteras zancadillas y personalismos extremos: síntomas que muestran las organizaciones políticas cuando ya no tienen programas, ni ideas, ni proyectos que ofrecer. La caza de brujas en contra de dirigentes políticos iniciada después de la derrota de Diciembre es sólo una muestra de aquella desarticulación política que se expresa en la búsqueda de chivos expiatorios, coartada siempre útil cuando se trata de ocultar las razones profundas de un fracaso. Cuando las consejerías, las consultorías, y otras mermeladas “tipo-tironi” surgidas bajo alero concertacionista comenzaron a experimentar profundos deseos piñeristas, la suerte ya estaba echada. El Titanic se hundía, pero esta vez los pasajeros no querían seguir bailando.

Concertación, o por lo menos sus partidos, había llegado a su fase terminal. Con un poco de ingenio podría haber sobrevivido como casta burocrática, mas no como fuerza política. En cierto modo el triunfo de Sebastián Piñera ha salvado a la Concertación de su propia autodestrucción. Si no ya la Concertación, sus partidos al menos, podrán sobrevivir en el espacio de la oposición que es sin duda el más político que ofrece toda democracia. Al fin y al cabo ningún gobierno puede postular a la eternidad. La eternidad, si existe en alguna parte, pertenece al reino de los cielos. En la política todas las victorias son parciales. Hay también derrotas parciales.

Un gobierno puede ser derrotado por dos razones. Una, por no haber cumplido la misión para la cual fue elegido y está casi de más decir que la mayoría de las derrotas electorales ocurren debido a esa razón. La otra razón significa todo lo contrario. Ocurre cuando un gobierno ya ha cumplido la misión y ya no tiene otra que cumplir, razón por la cual deberá ser reemplazado. Hay, en ese sentido, un contrato no “roussoniano” pero también ficticio en la relación que se establece entre elector y elegido. El elector elige de acuerdo a un programa de gobierno. Si ese programa no es realizado, el contrato es anulado. Si es realizado, caduca. Después del término del contrato, el elector es libre para realizar otro contrato con quien estime conveniente. Eso, a fin de cuentas, es lo que ha ocurrido en Chile. La Concertación cumplió su contrato y puede retirarse con cierta tranquilidad a ocupar el lugar de la oposición, o simplemente jubilar, lo que también es su derecho.

La primera tarea del ya cumplido (y caducado) contrato fue la de democratizar al país. La segunda fue crear las condiciones para el desarrollo de una economía social de mercado altamente competitiva. La tercera fue la más difícil: construir las bases para una convivencia entre fuerzas políticas antagónicas. En ese sentido la Coalición para el Cambio de Piñera es también, de modo indirecto, una hija putativa de la Concertación.

Al establecer la Concertación las reglas del juego democrático, la derecha chilena que vivía en un estado salvaje (pre-político) durante la dictadura, fue obligada a civilizarse, reconocer deudas, y construir una alternativa de poder no sólo de derecha sino, además, y esto es muy importante, de centro-derecha. Si el avance de la derecha hacia el centro fue una simple maniobra para después gobernar en un estilo de simple derecha- derecha, está por verse. Sin embargo, y aunque estoy escribiendo un artículo y no un horóscopo, hay una pregunta que merece ser respondida ¿Podrá sobrevivir la Concertación más allá de su gobierno? Esa es la pregunta que se hacen muchos chilenos.

3. El centro político

La verdad es que desde la época de los “pipiolos” y “pelucones” (las primeras formaciones políticas chilenas después de la Independencia con respecto a España) la política chilena ha sido casi siempre centrista, y cuando no lo ha sido, han ocurrido grandes catástrofes. La última sucedió el año 1973.

Independientemente a los errores que pueda haber cometido Allende, hay que convenir que siempre extendió una mano hacia el centro, signo que no supo entender la Democracia Cristiana ni mucho menos la ultra-izquierda al interior de la Unidad Popular. De ese hecho no puede ser culpabilizada la izquierda al exterior de la Unidad Popular (MIR) por la sencilla razón de que no éramos gobierno y al no serlo no estábamos obligados, como sí estaban altamiranistas y mapucistas, a seguir sus líneas y directivas. Pero volvamos al presente, que de ese tiempo y no de otro estoy escribiendo.

Lo importante es que más allá de coaliciones y concertaciones, ha llegado a conformarse en Chile un centro político amplio y sólido. Pero no se trata de un centro social, como pueden imaginar algunos sociólogos. Se trata más bien de un espacio originado por la existencia de dos fuerzas contrarias que, a fin de no provocar un enfrentamiento dejan lugar para que aparezcan acuerdos y negociaciones. El secreto del éxito de la derecha piñerista fue ganar más posiciones en el centro-centro que la centro-izquierda.

Ahora bien, lo más probable es que durante el gobierno de Piñera ese centro-centro continúe siendo un territorio en disputa. A un lado, la Alianza para el Cambio deberá hacer esfuerzos para mantener su capital de derecha y avanzar hacia el centro. Lo mismo deberán hacer, al otro lado, los partidos de la oposición: conservar las fuerzas de la izquierda a fin de movilizarlas hacia el centro. Sin embargo, en esa lucha la derecha contará con ciertas condiciones favorables. Las razones son dos. Por una parte, la derecha chilena se ha modernizado de modo más radical que la izquierda. Por otra parte, la derecha no vive una crisis existencial como la que vive la izquierda. Trataré a continuación de explicar ambos fenómenos así como las consecuencias que de ahí se derivan.

4. La modernización de la derecha

La derecha que representa Piñera ya no está formada sólo por la derecha clásica, también llamada ultramontana. Ésta continúa existiendo, que duda cabe, pero el lugar que ocupa, a diferencias del pasado reciente, ya no es hegemónico. En cierto modo la derecha ultramontana se encuentra subordinada a una nueva derecha cuyo símbolo es Sebastián Piñera: magnate y mandatario a la vez.

La derecha ultramontana (los momios) formada por vinosos apellidos -grandes latifundistas, opuesta al cambio; clerical más que religiosa; antisocial, conspiradora y golpista- sigue existiendo, pero desplazada por una nueva derecha que menos que política es una derecha económica. O como ya he manifestado en otro artículo - http://e-lecciones.net/opinion - aquello que a primera vista pareciera representar Piñera es una suerte de “berlusconismo a la chilena”, esto es, la toma del poder político por el poder económico. Pero hay algo más que eso.

Mientras Berlusconi se encuentra comprometido con mafias decimonónicas y poderes regionales (“La liga Norte”), la nueva derecha chilena asoma con un ímpetu que recuerda de algún modo a la burguesía revolucionaria que tanto alabó Marx en el Manifiesto Comunista. Esa nueva derecha ya no es industrial; es digital; ya no es arcaica: es post-moderna; ya no es local: es global. Sin embargo, esa nueva derecha no surgió de la nada. Emergió durante Pinochet, pero su periodo de auge lo vivió bajo la Concertación amparada en la política económica conocida como “diversificación de las exportaciones”.

Fue también durante la Concertación cuando Piñera y su club de millonarios amasaron fortunas y ahora, como corresponde a toda fuerza social emergente, reclaman para sí el ejercicio del poder político. En fin, si hubiera que detectar algún sector “revolucionario” en la política chilena, ya no habrá que buscarlo en la cansada izquierda, sino en esa nueva derecha que asoma con un ímpetu que a primera vista parece incontrolable.

Del mismo modo que la izquierda socialista del pasado, la derecha moderna del presente es portadora de una utopía. Si la utopía de la izquierda socialista fue el Estado Total, la de la nueva derecha es la del Mercado Total. Si la antigua izquierda soñaba con una sociedad de tractores y chimeneas, la nueva derecha sueña con un largo y angosto Mall que se extenderá desde Arica a Magallanes. Si la antigua izquierda rendía culto al Proletariado, la nueva derecha rinde culto al Empresariado. Si la antigua izquierda seguía los dictados del Manifiesto Comunista, la nueva derecha sigue los dictados del Manifiesto Consumista. Si la antigua izquierda creía en “el materialismo histórico”, la nueva derecha cree en “el materialismo cotidiano”. Y al igual que la antigua izquierda, la nueva derecha es internacionalista. Más aún, Piñera ha trazado las líneas de un proyecto internacional cuyo origen viene, como tantas cosas que reivindica, del tiempo de la Concertación. Me refiero al proyecto Transpacífico destinado a crear un puente económico con determinadas unidades económicas asiáticas. Se trata de un acuerdo de libre comercio entre Vietnam, Singapur, Australia, Nueva Zelandia, Brunei, Chile y Perú y –la guinda de la torta- EE UU. Esa es la razón que explica porqué Piñera se refiere a “los grandes proyectos que tenemos con Perú”, proyectos que serán más difíciles, aunque no imposibles, si en ese país acceden al gobierno Ollanta Humala o Keiko Fujimori. En cualquier caso, Piñera, como representante de la “derecha revolucionaria”, intentará hacer lo que hacen todos los “revolucionarios”: exportar sus “modelos” hacia otras naciones.

Si el término “derecha revolucionaria” suena exagerado, convengamos que la que representa Piñera es por lo menos “progresista”. Me explico: a diferencias de la izquierda, donde una gran parte asume posiciones definitivamente conservadoras, la derecha de Piñera sigue una filosofía del progreso histórico que durante el siglo XlX fue monopolio de liberales y positivistas, y durante el siglo XX asumido por los marxistas. El hecho de que hoy día la izquierda denomine como “progresismo” a todos quienes no votan por la derecha, muestra claramente lo culturalmente alejado que se encuentra Chile del resto del mundo.

La definición de “progresista” es considerada por las izquierdas europeas casi como un insulto, entre otras razones porque esa es una de las huellas que dejaron los movimientos ecológicos en el vocabulario político. Para los ecologistas, ambientalistas y “verdes” europeos, progresismo es una de las ideologías del “destructivismo industrial”, y hoy nadie –ni izquierdas ni derechas- podría ganar una elección levantando banderas “progresistas”. La vigencia positiva del término “progresismo” en Chile es, en cambio, una prueba de que el ecologismo apenas rozó la piel del país. Si la izquierda chilena quiere alguna vez de nuevo gobernar, va a tener que comenzar por aprender el idioma político de nuestro tiempo que, evidentemente, no domina.

No obstante, la derecha que comanda Piñera está lejos de ser una unidad monolítica. Ya antes de llegar al poder asoman grietas. Por una parte, no ha resuelto sus problemas con la derecha ultramontana y es evidente que de la Unión Democrática Independiente (UDI) no obtendrá una cooperación desinteresada. Por otra parte, si bien la nueva derecha tiene un proyecto económico seductor, carece de un proyecto social coherente, y esa es la diferencia entre un gobierno-empresa y un gobierno nacional. Hay que agregar que la debilidad del gobierno Piñera residirá, aunque parezca paradoja, en su propia fortaleza.

Efectivamente, los gobiernos económicos son, por lo general, víctimas de la propia economía, o, para decirlo de otro modo: cuando no sólo hay acercamiento entre intereses económicos y políticos sino, además, simbiosis, no tarda en aparecer el fenómeno de la corrupción la que se convierte en alimento de los periódicos. Hay muchos ejemplos en ese sentido y, si Piñera tiene buena memoria, recordará que hubo un presidente que en condiciones muy similares a las suyas alcanzó el gobierno para terminar arruinándolo debajo de una montaña de dinero. No, no me refiero esta vez a Berlusconi. Me refiero al presidente millonario brasileño Fernando Collor de Mello (1990-1992) ¿Se acuerdan?

Collor de Mello traía consigo una promesa económica muy similar a la de Piñera y había derrotado en 1990 a un formidable adversario, nada menos que a Lula, pero al cabo de dos años hubo de abandonar el gobierno arrastrando todo tipo de acusaciones en contra de sus ministros y dignatarios. El gobierno de Lula realizaría después el programa económico de Collor de Mello pero sin rodearse de millonarios, y sobre todo, desde una perspectiva política y social, perspectiva que es también la falencia más grande de las huestes de Piñera. Lo que quiero subrayar con ese ejemplo es que la historia enseña que si bien de las democracias han surgido grandes plutocracias, de las plutocracias nunca han surgido grandes democracias. No obstante, para que cayera Collor de Mello no sólo fue necesaria la corrupción. Se requería, además, de una fuerte oposición que estuviese en condiciones de capitalizarla políticamente. ¿Existirá esa fuerte oposición en Chile? Esa es la pregunta del millón de dólares.

5. Concertación y desconcierto

Gracias a su derrota, la Concertación ha recibido dos noticias: una buena y otra mala. Leamos primero la buena: en la oposición la Concertación encontrará el lugar adecuado para iniciar un proceso de re-politización, proceso que era imposible llevar a cabo desde el gobierno como consecuencia de los compromisos que debía asumir. El gobierno es, efectivamente, el lugar menos político de la política pues un gobierno, al gobernar para todos, busca la unidad. La condición elemental de la política es, en cambio, la desunión.

Leamos ahora la mala noticia: la Concertación no va a poder realizar la buena noticia porque sólo era una fuerza de gobierno y sin gobierno no hay Concertación. Eso significa que lo más probable es que la Concertación entrará en un cierto proceso de disociación. Y eso significa, a su vez, que la re-politización de la política a través del ejercicio de la oposición deberá pasar por la recomposición política de cada una de sus partes.

La arquitectura de la oposición dependerá de tres pilares fundamentales, a saber: el centro-centro; la centro- izquierda y la izquierda ultramontana. Ahora, cada una de esas partes estará remitida a la otra puesto que ninguna podrá por sí sola hacer frente al gobierno. La oposición, en ese sentido, está condenada a la unidad. El problema no es por tanto la unidad sino saber cual de los tres pilares ocupará el lugar hegemónico. Dicho en términos más simples: de ahora en adelante surgirán dos tipos de luchas. Una: la lucha del conjunto de la oposición en contra del gobierno. La otra: la lucha por la hegemonía al interior de la oposición. Está de más decir que entre ambas hay una relación de extrema interdependencia.

Difícil es predecir cual de estos tres pilares se encontrará mejor posicionado para ejercer la hegemonía opositora, lo que dependerá de acontecimientos que como tales son imprevistos. Sin embargo, lo más probable es que el gobierno continuará su avance hacia el centro, de tal modo que, por lo menos en las primeras fases, el centro se convertirá en un campo de batalla política. En ese sentido los actores del centro político opositor se verán obligados a practicar una lucha de contención. Esos actores son principalmente tres: la Democracia Cristiana (PDC) en el centro-centro, el Partido por la Democracia (PPD) en el centro- algo izquierda, y una parte del Partido Socialista -a la que llamaremos “socialistas con Valium”- en la centro-izquierda (hay algunas minucias, como el Partido Radical, a las que no vale la pena tomar en cuenta)

La Democracia Cristiana como “partido histórico” enfrentará un dilema existencial. O morir como acompañante de coaliciones ajenas a su identidad, sean de izquierda o derecha, o reinventarse a sí misma. Para realizar la segunda opción cuenta con condiciones objetivas favorables, aunque no estoy seguro si dispone de actores políticos adecuados.

No hay que olvidar que Chile es un país primordialmente cristiano y cuenta con una Iglesia cuyas tradiciones son más que respetables. La Iglesia Católica chilena no es la Iglesia oligárquica, ultraderechista e incluso golpista que llegó a ser en otros países sudamericanos. Tampoco fueron numerosos los clérigos y fieles que se dejaron llevar por alucinaciones ideológicas, como las del cristianismo zelote de las llamadas teologías de la liberación. Estoy hablando, para que se entienda, del país del Padre Hurtado y del Cardenal Silva Henriquez cuyos legados son fuente de inspiración para cualquier pensamiento social-cristiano moderno. Nadie exige, por lo tanto, que los demócratas-cristianos chilenos lean las nociones del cristianismo integral de un Jacques Maritain, o la ciencia sacra de un Teilhard de Chardin (aunque no estaría mal que lo hicieran) Basta solamente que conozcan la historia religiosa-social del país y si es posible, la encíclica “Caritas in veritate” de Benedicto XVl y actúen según sus pautas, tarea que en todo caso es más política que andar dando vueltas por ahí, ofreciendo apoyo al mejor postor.

En Chile están dadas las condiciones para que (re)nazca un fuerte partido social-cristiano. Pero las condiciones no bastan. En Italia, país tanto o más católico que Chile, el Partido Demócrata Cristiano desapareció del mapa como consecuencia de sus contubernios, de su mercantilismo ideológico y de su inconsecuencia religiosa. Por supuesto, en un país de coaliciones como es Chile, el PDC necesita contraer alianzas. Mas, lo importante es que en lugar de determinar la política por sus alianzas –que es lo que ha venido haciendo desde años- las alianzas sean determinadas por la política, aunque eso no sea siempre rentable.

Mejor posicionados que el PDC se encuentran el Partido por la Democracia (PPD) y los socialistas con Valium.

Es cierto que los partidos socialdemócratas viven una crisis mundial, entre otras razones porque sus antiguas clientelas correspondían con la “sociedad industrial” (Touraine) y no con la “sociedad digital” y luego ya no tienen el mismo peso social que antes. Mas, por otra parte, ambas tiendas deberán realizar pocos ajustes a sus líneas de acción. Ambas representan -en un sentido más político el PPD, en un sentido más social los socialistas con Valium- el proyecto de la democracia social cuyo objetivo es realizar transformaciones sin que éstas ocurran en desmedro de los sectores más desposeídos y sin lesionar los fundamentos del Estado de Derecho. Debe tenerse en cuenta, además, que ambas fracciones constituían el corazón político de la Concertación. Por último, poseen una carta que seguramente jugarán en los momentos decisivos: la de la Presidenta Bachelet.

Michelle Bachelet hará abandono del gobierno con un nivel de popularidad que ningún gobernante ha alcanzado antes. Dicha popularidad se mantendrá en el tiempo en la medida en que el gobierno de Piñera sufra el proceso de desgaste natural a toda gestión gubernamental. Todo indica que, con un PDC recuperado, más el bloque formado por el PPD, los socialistas con Valium y el “bacheletismo”, el centro político está, aún antes que Piñera comience a gobernar, relativamente bien ocupado.

Más hacia la izquierda nos encontramos con la izquierda ultramontana o ultraconservadora cuyo núcleo está formado por el Partido Comunista y por los socialistas sin Valium. Alrededor de ese núcleo giran diversos asteroides como neo-altamiranistas, lautaristas, ex-miristas, post-trotsquistas, castristas, chavistas, y otros talibanes de menor cuantía, algunos subsidiados desde Caracas. Puede suceder que, en conjunto, el ultramontanismo de izquierda sobrepase el cinco o el seis e incluso alcance el diez por ciento, más bien por un fenómeno físico que político pues cada vez que gana la derecha en cualquier país, crecen los polos izquierdos.

Sin embargo, pese a su inferioridad numérica, ese mini-bloque puede tener cierta gravitación. Por una parte, gracias al activismo militante de sus miembros, jugará un rol activo en diversas agitaciones sociales (“mapuches”, “escolares”, por ejemplo) arrastrando hacia sí, sobre todo en momentos no electorales, a algunos sectores del centro. Por otra parte, en periodos electorales podría alcanzar el tanto por ciento mínimo que necesita un bloque de centro-izquierda para derrotar a la centro-derecha, lo que los dejaría en buenas posiciones para ejercer cierto chantaje, algo muy usual en la lid política. En cualquier caso, siempre aparecerá algún izquierdista tradicional al estilo de Jorge Arrate que, ya no pudiendo representar el futuro, opte por representar el pasado.

En el mini-bloque ultramontano el actor más interesante es el Partido Comunista y bien aconsejada estaría la centro-izquierda si no perdiera contactos con ese partido. Por un lado, es el único que puede disciplinar al ultramontanismo de izquierda. Por otro lado, el PC es parte de la tradición política chilena y el pasado –eso lo saben mejor los psicoanalistas que los políticos- es también parte del presente.

El PC fue fuente de abnegados dirigentes sindicales, de excelentes parlamentarios, de muchos mártires, y –cuando en Chile había cultura- logró concitar el apoyo de la mayoría de los intelectuales y artistas del país. Más relevante –y sobre todo más política- sería la presencia de ese partido si sus militantes se hubieran atrevido a enfrentarse con su esclavizante pasado pro-soviético con el cual todavía mantienen una relación altamente enfermiza. En cualquier caso, tanto en la geología como en la biología, en la política también se ocultan sedimentos jurásicos, aunque reducidos a un tamaño bonsai. En cada lagartija, por ejemplo, podemos estudiar la anatomía de los dinosaurios. Los comunistas como las lagartijas son parte de la realidad, y en política al menos hay que contar con esa realidad, por muy precaria que sea.

En fin, el triunfo de Piñera no ha desorganizado la estructura básica de la política chilena. La derecha que en su forma de centro-derecha ha abandonado el status de derecha oligárquica, ha pasado a ser más bien una derecha económica. El segundo paso, y eso es responsabilidad del gobierno de Piñera, será transformar esa derecha económica en una derecha política. En cualquier caso, la lucha continuará dándose, preferentemente, en los espacios del centro.

En cierto modo ya predomina en Chile el esquema político clásico occidental de enfrentamiento horizontal entre dos fuerzas políticas que disputan el poder sin alcanzarlo jamás de un modo total o, recurriendo a una idea de Claude Lefort: aquella lucha en torno a un trono vacío que para que exista, requiere de la vaciedad del trono. Se trata de un esquema político normal, pero tan normal que, en algunos casos puede terminar siendo anormal. Es precisamente ese esquema tan neuróticamente ordenado el que ha conducido en la mayoría de los países europeos a la ritualización de la política, a una petrificación de las luchas antagónicas y, no por último, a una exclusión de múltiples temas y problemas que emergen fuera del esquema. Afortunadamente, en medio de la letárgica normalidad que acosaba a Chile, ha aparecido un tercer factor, o como dicen en Chile, una “tercera fuerza”. Me refiero al “síndrome meoista”

6. El síndrome meoista

Si es de verdad una tercera fuerza, el meoismo surgido a partir de los resultados de las elecciones de diciembre (primera vuelta) con un magnífico 20, 13%, no debe ser confundido con la “tercera vía” inventada una vez por el sociólogo británico Anthony Giddens para apoyar la candidatura de Tony Blair. La tercera vía de Giddens postulaba una actitud post-moderna y post-política. La tercera fuerza que representa Marco Enríquez- Ominami -bautizado por el venenoso periodismo chileno con las siglas MEO- significa todo lo contrario: la re-politización de la política a partir de los conflictos reales y no ideológicos que circulan a lo largo y ancho de la nación.

En un primer momento MEO apareció como un joven díscolo y consentido que había descubierto la política como distracción excitante, la que combinaba con la no menos excitante farándula televisiva. En un segundo momento, cuando su candidatura comenzó a prender, sobre todo entre sectores juveniles, se tuvo la impresión de que en los laboratorios de la “oligarquía de izquierda” (para usar el término de la analista política Marta Lagos) estaba teniendo lugar un cruce genético que combinaba por el lado de un abuelo (don Rafael Agustín Gumucio) el social-cristianismo, por el lado de otro abuelo (don Edgardo Enríquez) la masonería, por el lado de su primer padre (Miguel Enríquez) la romántica revolucionaria de los setenta, y por el lado de su segundo padre (Carlos Ominami) ciertas dosis de socialismo con Valium. En fin, MEO parecía destinado a ser la “oveja Dolly” de la política chilena. Mas, muy pronto dichas impresiones se disiparon. MEO comenzó a demostrar que es un político talentoso, con una gran intuición para captar el momento y, pese a que habla tan o más rápido que Miguel (quien leía sus discursos), sabe dar un formato muy directo a sus expresiones retóricas. Pero más allá de su personalidad, MEO logró probar que su oferta tenía una demanda quizás aún más grande de lo que el mismo imaginaba. Por esa razón es que aquí hablamos del “síndrome meoista”.

La alternativa MEO ha trascendido su propio origen. No es otra “nueva izquierda” (de las tantas que cada cierto tiempo aparecen). Es simplemente “otra cosa”, “otra cosa” que, habiendo nacido como una simple disidencia al interior de la Concertación, va algo más allá del juego izquierda - derecha. Por eso MEO no podía, en ningún caso, apoyar la candidatura de Piñera durante la segunda vuelta. Su propia biografía, además, lo impedía. Por otra parte, si no apoyaba a la candidatura de Frei, la Concertación habría encontrado (¡al fin!) al “culpable” de su derrota. En esa muy difícil situación, MEO hizo lo que tenía que hacer: apoyar a Frei, pero con un entusiasmo digno de un funeral. En fin, MEO entendió que su capital político no puede ser dilapidado en hipotecas sin destino y que él está viviendo el momento del “despegue”, que es él más difícil de todos. Ya llegará el día en que el partido de MEO realizará alianzas con la izquierda, con el centro y – ¿por qué no?- con la derecha. En una democracia de alto nivel todos los partidos son, o deben ser, coalicionables.

Muchos critican la excesiva personalización del síndrome, aduciendo que la opción MEO carecía de un programa y de un entorno político. Dicha crítica es algo injusta. La política ha sido, es y será, una actividad esencialmente antropomórfica. A diferencias de otras actividades, como las artísticas, donde lo que importa son los colores o los sonidos; o de las científicas, donde lo que importa son los textos, la política se articula en torno a personas y personalidades, temperamentos y caracteres. De ahí que lo importante es descifrar que es lo que articula la persona de MEO.

Desde luego, tienen razón quienes afirman que el programa de gobierno de MEO era precario, lo que es lógico. MEO no levantó su candidatura para gobernar sino para interrumpir lo que los lacanianos llaman “el orden simbólico del discurso”, es decir, para alterar la sintaxis de sus oponentes y demostrar públicamente su vaciedad, su extremo formalismo, su carencia de ideas, y sobre todo, la petrificación del discurso político dominante. Nadie puede negar que cumplió su propósito. Resulta imposible no pensar que aquellos que aluden a la carencia de programa en MEO, más que un programa, añoran una ideología. Efectivamente, MEO ha sido el candidato menos ideológico de los que se tiene noticia en Chile. Y creo no equivocarme si afirmo que fue esa ausencia de ideología una de las razones que explican la atracción ejercida por la candidatura del joven político. Desde ese punto de vista, MEO actúa de acuerdo al espíritu del tiempo caracterizado por la bancarrota de las grandes ideologías. La tercera fuerza que representa MEO -y eso es lo que más incomoda a sus oponentes- no opera fuera sino dentro del discurso adversario. No es, como la que propone Giddens, una tercera fuerza externa, o paralela: es, por el contrario transversal, tangencial y diagonal. Y eso ya es, si no el anuncio de otro paradigma, por lo menos el comienzo de una nueva geometría política Para explicarme mejor: nadie está diciendo que MEO es el nuevo Mesías de la política chilena. MEO es, por ahora, sólo un leve signo. Un signo que muestra la existencia de una demanda destinada a reordenar la geometría política. O dicho en términos algo académicos: sobre la base de un orden de programación simple marcado por el antagonismo y coexistencia de dos bloques (izquierda y derecha) el síndrome meoista anuncia la posibilidad (sólo la posibilidad) de transitar hacia otro espacio: un espacio político que encierra un orden de programación compleja y en el cual las estructuras binarias coexisten con líneas tangenciales, transversales y diagonales que no sólo atraviesan los bloques sino, además, se cruzan entre sí. Dicho espacio puede llegar a ser tanto o más interesante si el PDC decide, de una vez por todas, asumir los riesgos de la independencia política. El orden político binario (izquierda/derecha), además de no ser apto para personas inteligentes, era perfectamente compatible con la geopolítica bi-polar correspondiente al periodo de la Guerra Fría. Dicho orden ha subsistido en diferentes naciones de la tierra, Chile entre ellas. Esa es la razón por la cual la nueva geometría que simboliza MEO irrita a los representantes de ese orden. Y tienen razón. El síndrome meoista se ha incrustado como una espina al interior de sus propias organizaciones. Lo más probable es que ambos bloques tratarán de erradicarlo. Y si eso no es posible, de integrarlo en ese esquema binario donde se sienten tan cómodos. Ojalá que no lo logren. Sin un MEO, o sin alguien como un MEO, o por lo menos, sin un síndrome como el meoista, la política volverá a ser esa actividad letárgica y altamente ritualizada que llegó a ser durante la era de la Concertación. Y eso Chile no lo merece: ni con MEO ni sin MEO.

Mires.Fernando5@gmail.com


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