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 Opinión: Aires de cambio en Chile
Aires de cambio en Chile
Carlos Malamud  (España)

El resultado electoral de la primera vuelta ha despejado algunas dudas y ha instalado otras. Unas pocas de estas últimas podrán ser confirmadas el próximo 17 de enero, cuando se produzca la segunda vuelta, y para conocer las restantes será necesario algo más de tiempo. La primera duda que ha despejado el escrutinio es la identidad del rival de Sebastián Piñera en el próximo capítulo de esta fascinante batalla electoral.

Para ser honestos, ésta no era una gran incógnita. Es verdad que hubo muchos periodistas, especialmente españoles, que hasta último momento especulaban con la posibilidad de que Marco Enríquez Ominami fuera el que pasara a la segunda vuelta, o, que al menos, hubiera habido un final cabeza a cabeza, como dicen los aficionados a las carreras de caballos, entre Eduardo Frei y Enríquez Ominami. Para ser justos, la única duda que había, o al menos la que yo tenía, era el porcentaje de diferencia entre estos dos candidatos.

Casi diez puntos de diferencia a favor de Frei es mucho para que el joven político separado del tronco socialista pueda cantar victoria, aún cuando aluda a que surgió de la nada o a los escasos recursos de que dispuso durante la campaña (lo que no es del todo cierto). De no ser por el cansancio de los votantes de la Concertación, que supo aprovechar muy bien, con cierta dosis de arrojo y oportunismo, su carrera hubiera sido meteórica, pero por breve.

Es lógico que en estos momentos todos lo alaben, ya que todos, y esto significa tanto la Coalición de derechas como la Concertación hasta ahora gobernante, lo necesitan. Por eso es normal que Piñera y Frei le tiren los tejos, lo cortejen, aunque luego lo desechen por poco confiable. El 20% de los votos es un botín muy grande y puede permitir el triunfo en la segunda vuelta. En estos casos se suele decir que estamos frente a una nueva elección, lo que es cierto, si bien remontar un 14% de diferencia es un esfuerzo sobrehumano.

Y aquí entramos en el terreno de las incógnitas a despejar. La primera afecta directamente a la presidenta Bachelet. En la primera vuelta su compromiso con el candidato oficialista fue más bien escaso. Parecía que le interesaba más preservar su impresionante respaldo popular con vistas a un retorno dentro de cuatro años que jugárselo en la defensa de la Concertación. ¿Qué es lo que hará ahora? Frei lo tiene difícil para enero, pero no es algo imposible.

Ocurre, sin embargo que el comportamiento de los votantes chilenos es impredecible, y más en esta particular ocasión. Ominami ha decidido no apoyar a nadie para la segunda vuelta, con el simplista argumento de que los dos son iguales y que él es el único que encarna la posibilidad de un cambio en la política chilena. Parece más bien una pataleta de un enfant enragé que la decisión de un político maduro que se mueve en función de lo posible y no de lo deseable. Otras cosa es su futuro político y su capacidad de armar una alternativa (¿socialdemócrata, más izquierdista, bolivariana?) por fuera de la Concertación. ¿Será capaz Enríquez Ominami de iniciar una larga travesía del desierto, sentando las bases de un nuevo partido político?

En buena medida la respuesta a este interrogante depende del futuro de la propia Concertación y del de cada una de sus partes. ¿Qué pasará con la DC, el PS y el PPD? ¿Serán capaces de seguir caminando unidos y de poner definitivamente los cimientos de un nuevo partido de centro izquierda, o, por el contrario, todo el entramado construido hasta ahora saltará por los aires? Los cambios conocidos por la sociedad chilena en estos últimos 20 años son espectaculares, y son todavía mucho más impactantes si uno mira en dirección a los vecinos. El mérito de los políticos de la Concertación de haber huido de las políticas dominantes en América Latina (el llamado neoliberalismo de los 90 y el populismo del siglo XXI) les honra y ha permitido que Chile esté hoy donde está.

Sin embargo, no fue suficiente. Las expectativas puestas en sus gobiernos eran enormes y por eso hubo mucha frustración: entre los sectores más pobres de la sociedad que veían como se mantenía la desigualdad, entre los estudiantes y los grupos juveniles incapaces de entender el lugar secundario reservado para la enseñanza pública, entre aquellos deseosos de modernizar la sociedad y se encontraban con feroces resistencias al aggiornamiento. Probablemente la gota que rebasó el vaso fue la no renovación de la cúpula dirigente y el hecho de que la batalla para encabezar la lista presidencial hubiera estado a cargo de ex presidentes.

Por eso es importante saber cómo votarán quienes siempre habían votado Concertación y en esta oportunidad votaron por Piñera; o de quienes apoyaban a la Alianza y el domingo se inclinaron por Enríquez Ominami. Pero también importa saber hacia dónde se decantarán los concertacionistas cansados y deseosos de cambiar que votaron en la primera vuelta por éste último. Ninguno de los dos candidatos en liza lo tiene fácil, ninguno es la alegría de la huerta ni es capaz de entusiasmar a las masas. Pero los dos son políticos solventes y gane quien gane algo habrá cambiado en la política chilena.

De todas formas, cualquiera sea el resultado de la segunda vuelta, Chile ha vuelto ha demostrar la fortaleza de sus instituciones. Si gana Piñera se constatará, sin ningún drama, que la alternancia es posible. Si gana Frei, en un colosal esfuerzo, se hará evidente que todavía hay futuro para la Concertación porque la gente creería en ella, más allá de las teorías del mal menor. Pero en ambos casos, lo cierto es que sin tutelas de ningún tipo, y en pleno uso de sus facultades, los chilenos habrán vuelto a decidir a favor del futuro democrático de su país.


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