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 Opinión: Cuando Chavez quiso hacer sonar el escarmiento
Cuando Chavez quiso hacer sonar el escarmiento
Carlos Malamud  (España)

Cuando la primera presidencia de Juan Perón estaba a punto de finalizar, y desde el poder se utilizaban métodos abiertamente represivos contra la oposición, el presidente argentino escribió en las páginas de un periódico: "El pueblo debe saber que si se altera el orden, si hay atentado o asesinato, su reacción ha de dirigirse sobre los verdaderos culpables y dar un escarmiento que, por ejemplar, se recuerde por varios siglos". Desde entonces la frase de hacer tronar el escarmiento tiene claras resonancias de violencia política en Argentina.

La intervención de Hugo Chávez en su programa semanal "Aló presidente", del pasado domingo 8 de noviembre, tuvo características semejantes. La brutalidad con la que el caudillo bolivariano aludió a un probable enfrentamiento bélico con Colombia no dejó indiferente a nadie. Se puede coincidir o no con las palabras del comandante Chávez, pero quedó claro que no se anda con medias tintas. Si a comienzos del siglo XXI el entonces embajador de Estados Unidos en Caracas, John Maisto, decía que había que atender a lo que Chávez hacía y no a lo que Chávez decía, hoy sabemos que esto no es así y que muchas de sus bravatas terminan convirtiéndose en dolores de cabeza para más de uno.

De ahí la necesidad de atender a los actos y también a las palabras de Chávez. Y éstas, precisamente, fueron bastante inamistosas, comenzando por aquello de que sí Estados Unidos ataca militarmente a Venezuela utilizando a Colombia y las bases disponibles en ese país comenzaría la "guerra de los 100 años, y esa guerra se extendería por todo el continente". Y esto sería así porque "Venezuela no está sola, tenemos un grupo grande de amigos en este mundo... Que nadie crea que una guerra contra este país será sólo contra Venezuela".

En su estilo habitual y pese a que no le gusta en absoluto que nadie se inmiscuya en lo que el llama los asuntos internos de Venezuela, que son casi todos, no hizo lo propio con Colombia. Su falta de respeto fue absoluta: "El gobierno de Colombia no está en Bogotá, ahora está en Estados Unidos... Colombia se entregó. No el pueblo de Colombia, el gobierno y la oligarquía colombiana. Se entregaron sin vergüenza y sin máscaras". No podía ser de otro modo, ya que en su opinión Uribe y sus seguidores son "simples lacayos del imperialismo".

Qué debe hacer Venezuela en este contexto. Pues, con la intención de "defender esta patria sagrada que se llama Venezuela" hay que prepararse para la guerra, a la vez que se debe ayudar al pueblo con el mismo objetivo.

La cuestión de fondo es por qué hizo Chávez sus declaraciones en este momento. Como siempre no hay respuestas sencillas, ya que hay argumentos relacionados con la difícil coyuntura interna que atraviesa el país y otros relacionados con el flanco exterior. Internamente no es la primera vez que Chávez agita el banderín del nacionalismo y del antiimperialismo ante grandes dificultades. El victimismo sirve para aglutinar a sus bases detrás de su liderazgo y también para reducir el nivel de las críticas y el umbral del descontento. Las restricciones energéticas y de agua, unidas a crecientes dificultades económicas (la inflación no da tregua) y de abastecimiento han incrementado el malestar popular. Tras una década en el poder, el discurso de echar las culpas al pasado y a sus predecesores cada vez tiene menor audiencia. Para colmo, en septiembre de 2010 se convocarán unas elecciones parlamentarias decisivas para sus planes de reelección.

Externamente hay que mostrar a sus aliados, especialmente a los más leales, a los que han adherido al ALBA (Alianza bolivariana para los pueblos de nuestra América), que no se ha perdido la iniciativa. Los hechos, sin embargo, muestran otra cosa. La evolución de la crisis hondureña puede arrojar un desenlace contrario a sus intereses.

El diferendo con Colombia, que esperaba resolver después de la reunión de Unasur y de su Consejo Sudamericano de Defensa, sigue igual y los colombianos no sólo no se han movido un ápice de sus posiciones iniciales, sino que ni siquiera fueron condenados por sus pares continentales. Todavía la vieja idea de la soberanía nacional y de la no injerencia pesa demasiado en América Latina, pese a la retórica de los discursos integracionistas.

Ante tal situación, ante la incertidumbre que provocan las expresiones altisonantes y desmedidas de Chávez no es de extrañar la preocupación de Colombia. El gobierno de Uribe ha manifestado su deseo de resolver las cosas a través del diálogo, pero no habría que descartar alguna aventura bélica por parte de sus vecinos.

Es verdad lo que señalan muchos analistas de que una guerra entre ambos países es ridícula, sería impensable y todo lo demás, pero también es verdad aquello de que a las armas las carga el diablo y los tontos las disparan. Cuando un conflicto comienza a escalar a veces resulta muy difícil volver para atrás y, en este sentido, la actitud del gobierno venezolano es, cuanto menos, altamente irresponsable.

Se dice que es la ocasión de que actúen los organismos regionales como Unasur o el Consejo Sudamericano de Defensa. Lula dijo que mediaría en el conflicto si ambos gobiernos lo solicitan. Sin embargo, hasta ahora, su gobierno ha sido demasiado condescendiente con las posturas bolivarianas. Es hora de que Brasil se haga oír, tanto da si es potencia o no lo es, tanto da si quiere ejercer el liderazgo regional o no.

Si las cosas siguen como hasta ahora y Venezuela persiste en su actitud provocativa y amenazante las fracturas regionales aumentarán y la división hará naufragar cualquier proyecto de integración sudamericana. De prosperar la retórica guerrera, al menos durante muchos años, los campos de América Latina quedarán yermos por la sal derramada sobre ellos. Y éste será el legado que el sucesor de Bolívar dejará para la posteridad.


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