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 Opinión: Colombia y Unasur: mucho ruido y pocas nueces
Colombia y Unasur: mucho ruido y pocas nueces
Carlos Malamud  (España)

La Cumbre extraordinaria y monográfica de Unasur (Bariloche, 28 de agosto), sirvió de muy poco. Allí debía tratarse en profundidad la situación creada tras la cesión colombiana a Estados Unidos de facilidades militares en siete acuartelamientos de su territorio nacional. Se trató de una solución de emergencia aprobada en la última Cumbre regular, celebrada en Quito el 10 de agosto y sin la presencia de Álvaro Uribe. En los primeros días de agosto Hugo Chávez habló de vientos regionales de guerra y Rafael Correa alertó de la gran amenaza que representaba Álvaro Uribe. Por su parte, Evo Morales recordó dignamente que jamás aceptaría bases militares de Estados Unidos en su país ni en el resto de América Latina (ver "Bases estadounidenses en Colombia, rumores de guerra en América del Sur y desacuerdos regionales"). En un rápido balance de lo ocurrido, los más pesimistas podrían decir que una vez más las instituciones regionales, como Unasur, son pura fachada y no sirven para nada; que la retórica presidencial se impuso a la realidad y que Uribe se llevó el gato al agua, impidiendo, una vez más, la condena de su política militar y la retractación de sus actos. Por el contrario, la lectura optimista podría resaltar que pese a los esfuerzos de unos y otros Unasur ha vuelto a demostrar que puede afrontar los graves problemas que afectan a la región, que el liderazgo de Brasil fue capaz de contener los desbordes belicistas de Chávez y de conducir a buen puerto, pese a las aguas procelosas que debía surcar, una Cumbre como la de Bariloche, que amanecía gélida y tormentosa, como la climatología local. Sin embargo, los resultados obtenidos no se pueden ubicar en uno u otro sitio. Insistiendo en algo obvio a estas alturas del partido, el presidente Lula recordó oportunamente que nadie va a regalarle nada a Unasur. A la vista de lo ocurrido en la Cumbre, pletórica de discursos rimbombantes y elementales de los mandatarios allí presentes, es posible que si Lula y la democracia brasileña quieren seguir manteniendo a flote la nave de Unasur deban recordar la idea una y otra vez. La ira contenida de Lula, especialmente en el último tramo de una reunión que duró el doble de las tres horas y media inicialmente programadas, era monumental. Su ira tenía que ver con tantos discursos a la galería, con la improvisación que planeó permanentemente sobre toda la reunión y su carácter público. Antes de comenzar la Cumbre Uribe ya se había anotado el primer tanto, al lograr que las sesiones fueran retransmitidas por televisión. Así, los presentes fueron constreñidos por sus discursos y sus imágenes, haciendo muy difícil salirse del guión. Al tener que hablar en primer lugar para su propio público era más fácil perderse en la diatriba que ir al fondo de los hechos o proponer soluciones constructivas, como le pasó a Michelle Bachelet o Alán García. Desde la perspectiva organizativa hubo dos fallos clamorosos. Primero, la falta de previsión sobre el desarrollo de la reunión y la incapacidad de prever los desbordes de la verborrea presidencial. Por eso, no sólo los participantes tuvieron que comer mal y pronto al tiempo que discutían, sino que Tabaré Vázquez y García abandonaron la Cumbre antes de su conclusión. Lo más preocupante fue la falta de preparación del documento final de la Cumbre. Tanta improvisación corrió a cargo de la presidencia pro tempore de Unasur, a cargo del ecuatoriano Rafael Correa, oportunamente afeado por Lula por su incapacidad organizativa. Si bien Unasur es un importante avance en la historia de la región sudamericana, hay que reconocer que es sólo un primer e incipiente paso. Mientras buena parte de los presidentes prefiera navegar en sus propios mundos, en vez de enfrentarse abiertamente a la realidad, poco se podrá hacer. Para avanzar, hay que abandonar definitivamente el temor al imperio y los tambores liberadores de la revolución anticapitalista. ¿Qué sentido tiene, a fines de la primera década del siglo XXI, seguir insistiendo en que mientras haya bases americanas en la región no habrá ni paz ni democracia en América del Sur? ¿Cómo se puede afirmar, en 2009, que por la ingerencia de Estados Unidos es imposible que en algún momento de un futuro próximo pueda haber un gobierno de izquierda en Colombia? ¿Es realista, como hizo Cristina Kirchner, comparar las Malvinas con la situación colombiana? ¿A quién quieren engañar? Otra vez se aplazó la solución definitiva y ahora corresponde al Consejo Sudamericano de Defensa tomar cartas en el asunto, aunque se trata de un organismo que nació con las alas cortadas. Su preámbulo recuerda que la libre autodeterminación de los pueblos, el respeto por la soberanía nacional y la no ingerencia en los asuntos de los países miembros son sus máximos valores. A contracorriente de lo firmado hace sólo pocos meses atrás ahora se quiere hablar de una soberanía plurinacional o regional, capaz inclusive de soportar un referéndum transnacional (Evo Morales dixit). El dislate llega a mayores cuando se lo quiere hacer estudiar el famoso "Libro Blanco", el documento aireado una y otra vez por el presidente Chávez, y que está colgado en Internet al alcance del gran público. La reunión y el desarrollo de la crisis han evidenciado también las limitaciones del liderazgo brasileño. No basta con tener un estilo no confrontacional, es necesario hacerse cargo de los costes y las responsabilidades del liderazgo y, al mismo tiempo, ser aceptado como líder por los restantes miembros del grupo. Estados Unidos sigue provocando recelos en la región, pero pocos confían abiertamente en Brasil. Quizá no sería mala cosa que Brasilia comenzara a mirar más allá de América del Sur y se decidiera a incorporar a México a un proyecto latinoamericano que sería mucho más funcional para sus intereses. La buena relación entre Lula y Obama no es mucha garantía de futuro. Los presidentes regionales tienen la solución de sus problemas al alcance de las manos. Pero para eso deben dejar de ser rehenes del pasado y de la retórica dominantes, para abordar de frente y con seriedad los graves problemas que afectan a la región. Mientras, por ejemplo, se siga pensando que el consumo de drogas es algo que sólo afecta a los países ricos (y eso se dijo en la Cumbre de Bariloche), poco se podrá hacer en el campo del narcotráfico o cualquier otro. Si los países sudamericanos no ayudan a Colombia en su brutal lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, que nadie se sorprenda si sus gobernantes pidan ayuda allí donde la encuentren.

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