Cien meses –más de ocho años- necesita un trabajador colombiano para ganarse los cuarenta millones de pesos que se embolsilla cada mes uno de nuestros envidiados parlamentarios, muchos de los cuales se limitan en los cuatro años que dura un período legislativo a contestar a lista, cobrar su cheque y visitar todos los despachos oficiales, empezando por la propia Presidencia de la República, para pedir puestos y en ocasiones, intrigar a favor de algún negocio o contrato en que se encuentre interesado.
Como si fuera poco el sueldazo, que muchos de nosotros nunca ha recibido por su trabajo, los 268 congresistas que se mueven por los pasillos del Capitolio, hay otras gabelas que justifican la gigantesca inversión que hacen muchos para tener derecho a sentarse en una de las curules del Senado o de la Cámara. En las dos corporaciones, para quienes no lo sepan, todos ganan lo mismo, así se trate de un sabio jurista o de un jumento de esos que a duras penas sabe leer.
Para ilustrar mejor la buena vida de los mal llamados ‘’padres de la Patria’’, debe señalarse que a los 40 millones mensuales deben sumarse otras cositas, como carro blindado con chofer, oficina propia, secretaria, escolta, 4 tiquetes aéreos al mes, teléfono celular, presupuesto mensual de 20 millones al mes para contratar empleados, incluyendo a la amante, teléfono celular hasta con 2.000 minutos gratis al mes, gastos ilimitados para comprar repuestos, gasolina, papelería y objetos de oficina. En pocas palabras, una lotería a cargo de los pobres contribuyentes a los cuales nos quieren ahora clavar impuestos inmensos, incluyendo IVA para la canasta familiar.
¿Es costoso el Congreso? La respuesta es afirmativa, sobre todo si se tiene en cuenta que un médico recién graduado o un profesional de cualquier disciplina, incluyendo los periodistas, puede darse por bien servido si al cabo de un mes de ardua labor, en veces hasta con jornadas de doce horas seguidas y más, recibe un chequecito por un millón de pesos. ¿Y un obrero? …miserables 400 mil devaluados pesos.
La pregunta del millón en este tema es sencilla: ¿se justifica el Congreso, sobre todo si se tiene en cuenta que muchos critican el hecho de que en más de un mes es poco el trabajo que se puede mostrar? Lo único destacable es que por inmensa mayoría, las dos Cámaras eligieron como nuevo Contralor General de la República a un exsenador que por muchos años se sentó en las curules del Capitolio, como destacado representante de un privilegiado grupo que los comentaristas han denominado ‘’los delfines’’, por tratarse de hijos de Presidentes, que no tienen los afanes de los demás mortales para conseguir trabajo.
En los últimos cuatro años, salvo iniciativas que no han solucionado los problemas del ‘’país del Sagrado Corazón’’, como el desempleo y la guerra, el principal trabajo de los 102 senadores y los 166 representantes quedó plasmado en la reforma constitucional que instauró la reelección presidencial inmediata, rompiendo una tradición que se remonta a los inicios de nuestra nacionalidad, cuando se consideró que, como acaba de ocurrir, la tentación de quedarse indefinidamente en el sillón presidencial es demasiado grande y que lo mejor es poner pausas que permitan al electorado reflexionar.
Quienes hemos criticado el mecanismo que se utilizó para aprobar la reelección –la compra de parlamentarios al menudeo, a cambio de gajes y puestos- consideramos que existe grave riesgo para la democracia que tan costosa le sale al pueblo. Ejemplos en otros países sobran para ilustrar el tema: Argentina, Perú, Uruguay, Brasil, además de naciones de otras latitudes donde los gobernantes, utilizando pecaminosos mecanismos, se han atornillado en el poder. Casi siempre con desastrosos resultados, como se puede ilustrar con el caso de Cuba, donde Fidel Castro está a punto de celebrar medio centenario, en medio de la pobreza de sus compatriotas.
Comentando con unos amigos, incluyendo uno que es el más conservador de los conservadores, llegamos a la conclusión de que nuestra democracia, así sea costosa, es mejor que una dictadura. Muchos de nuestros vecinos sufrieron los efectos de gobiernos de sátrapas sanguinarios, que como Pinochet y Videla, se dedicaron a eliminar la oposición y a perseguir hasta la muerte a quienes consideraban peligrosos. Entre quienes estaban –sí, señor- mujeres y niños que pagaron con su vida el pecado de oponerse a un régimen dictatorial.
La compra de votos en el Congreso –que se vio con motivo de la aprobación de la reelección- implica un peligro: los que se venden una vez vuelven a venderse a la primera oportunidad y no mantienen fidelidad a sus partidos o a sus ideas. Lo importante es conseguir prebendas o colocar a algún pariente desempleado. Por eso, ocurrió algo curioso, muy curioso: varios de quienes fueron acusados de votar a favor de la preclusión del caso contra el expresidente Ernesto Samper ahora sufragaron positivamente la reelección de Alvaro Uribe. La democracia sirve, entonces, para que algunos políticos consigan realizar maromas dignas de un trapecista de circo y voltearse como si se tratara de una arepa. Uno de ellos confesaba, entre risas: ‘’si se volteó el Titanic, ¿porque yo no puedo hacer lo mismo?
En conclusión, unos cuantos avivatos, como el que acaba de proponer el alargue del período presidencial o una nueva reelección, obtienen lo que no podrían por medios normales: que les den una empresa oficial para que engorden sus hambrientos bolsillos. Bendita democracia, así nos cuestes mucho. GPT